Una vez- de muchas veces- fue a Catonas con el padre y compraron un cd de una gran banda, un cd trucho a un hombre que vendía cd’s truchos, grabados en cd’s vírgenes marca TDK con las tapas y contratapas fotocopiadas. “con esto le ayudo a mi hijo a pagarse la carrera de medicina” les contó. Nuevo año: 8vo grado, época del pésimo EGB. Primera vez que cursa a la mañana. El pibito tiene 12 años. El pibito todas las mañanas, a eso de las 6, cuando se levanta, mientras toma un mate cocido o una chocolatada, antes de ir a escuchar a la profesora, escucha ese disco. Lo sonidos fascinantes, las letras raras, ininteligibles algunas, y esas bombas que se escuchan al inicio, lo estremecen. Una sensación de extrañamiento: qué es eso que esta diciendo, qué me esta diciendo, qué esta contando, se autopregunta el pibito mientras se abriga antes de salir. Cuando llueve los sonidos soviéticos del disco se entremezclan superlativamente con el ruido chispeante de la lluvia que cae sobre el techo de chapa de la casa: todavía viven en la prefabricada, corre el año 1999, unos años más tarde, durante la época de la reactivación, esa casa será mejorada y ampliada con sólido material. Durante ese año, el ’99, todos los días, antes de ir a la escuela, escucha esas canciones que- un tiempo más adelante lo sabrá- tienen que ver con una experiencia histórica mundial; pero que, en ese momento, en lugar de revolución, el pibito, con ese disco de larga duración sonando en el Aiwa, de punta a punta, imagina la inminencia de una suerte de Apocalipsis, de destrucción total; aunque una destrucción virtuosa, y no solo virtuosa, sino excitante. Son las primeras impresiones vívidas de una combinación que persistirá a lo largo de su juventud: música y crítica social. Las letras- que descubrirá, cuando sea más grande, cuando haya leído y estudiado a los poetas franceses del siglo XIX como letras con un alto contenido de simbolismo- por ahora son solo metáforas inéditas que inoculan en su cabeza una serie de pensamientos rojos, negros e inconexos pero de una fuerza que lo transporta lejos a un universo paralelo donde se agita algo fabuloso que contrasta con la inmovilidad pavorosa de la sociedad neoliberalizaa en la que vive; a tal punto que repite y repite la reproducción de algunos temas a riesgo de entrar tarde al aula. “De regreso a Octubre”, dice una voz en el primer verso del disco, esa voz que parece venir desde el fondo de la historia misma. En ese instante- un instante dónde ignora por completo lo que es un disco conceptual, donde ignora que hay obras con ideas-fuerza que articulan el contenido y la forma y que solo lo sabrá cuando sea más grande- un instante, al fin, donde siente una suerte de regodeo ya que el Sabio Pelado nombra ese mes, el mes en el que el pibito festeja su cumpleaños. Escucha todas las mañanas, sin excepción, el disco que a la postre lo educará mejor que la educación formal recibida en los establecimientos formales; y sin embargo, gradualmente, conforme vayan pasando los años dejará de escuchar ese disco, escuchará otras músicas, salvo ocasionalmente cuando lo estén escuchando otros en un bar, en una fiesta, en una reunión entre amigos… Pervivirá, de todas formas, esa sensación que cuidará con sumo recelo: a los 20 y pico, mientras ve cómo sus contemporáneos asisten en masa a las llamadas misas paganas, él, en secreto, ahora un joven militante, se jurará, se prometerá a si mismo, jamás asistir a un recital de la banda, ni del líder, por dos razones: el cultivo de una forma de ser iconoclasta y sobretodo por querer conservar para siempre esa primera escucha trasformadora, única, irrepetible. Que nada se le parezca, que ninguna experiencia, ninguna fiesta, por más popular y sagrada que sea, se yuxtaponga a esa primera escucha radical. De pibito, desde los doce años, cuidará que nunca se extinga el fuego. El fuego de Oktubre.
miércoles, 10 de febrero de 2016
lunes, 8 de febrero de 2016
Bertold y las cinco dificultades para decir la verdad
Con el macrismo gobernando, este es un momento histórico para releer este texto.
Bertolt
Brecht
Berlín (Alemania), 1934.
Presentación: Jesús Gómez Gutiérrez
Berlín (Alemania), 1934.
Presentación: Jesús Gómez Gutiérrez
El presente texto
apareció en noviembre de 1963 en el Boletín del Seminario de Derecho Político
de la Universidad de Salamanca (España), publicación dirigida en aquella época
por el profesor Enrique Tierno Galván, de cuyo fallecimiento se cumplieron dieciocho
años el pasado 19 de enero.
Ensayista y político, Tierno Galván fue fundador del Partido
Socialista Popular (PSP), organización que se integró en 1978 en el PSOE.
Elegido alcalde de Madrid al frente de una coalición del Partido Socialista y
el Partido Comunista de España (PCE) en abril de 1979, renovó su cargo en 1983
y se mantuvo al frente del consistorio madrileño hasta su muerte.
«¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la
barbarie si no se dice claramente por qué?», se pregunta Bertolt Brecht en el
texto que hoy les presentamos. Sirva entonces como homenaje de La Insignia a un hombre que buscó respuestas. Y
que a veces, las encontró.
Las cinco dificultades para decir la verdad
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y
escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá
que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la
inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un
arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el
fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que
viven en las democracias burguesas.
I. El valor de escribir la verdad
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la
verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe
doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil
resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la
desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es
renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa
frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita
mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes
y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas
pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por
doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar
de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se
clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el
hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el
interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas
imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la
guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo
cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer
sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos
persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su
bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una
bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la
bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos
fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto
valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no
debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde
se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las
generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas,
reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la
maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo
el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se
creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan
hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos
y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También
reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del
botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en
hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les
exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no
conocen la verdad.
II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es
fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en
la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente
puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría
nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades.
No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de
este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco
que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les
procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar
por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan
imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no
dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que
sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la
lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste
precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis
cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la
verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los
poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas
célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se
contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre
ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y
rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la
economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la
práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir
fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un
método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar.
Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la
verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción.
Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para
hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra
ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
III. El arte de hacer la verdad manejable como arma
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la
conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión
tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de
barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al
lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera
fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del
capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país
fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir
el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más
engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se
condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de
este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo,
rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una
parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros
de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos
olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad
gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios
capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las
minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a
los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de
producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser
defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios
bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural
(filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los
exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades.
A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin
cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del
infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos,
impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un
país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no
perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial,
general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus
auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que
seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos
sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la
acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se
contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la
cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de
las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas
determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan
las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las
catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el
destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la
«naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes
naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza
combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes
desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico:
mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de
medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un
estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe
que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
IV. Cómo saber a quién confiar la verdad
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace
que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su
editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo
hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor
habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos,
y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes.
Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que
me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que
escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los
lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero
la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para
nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la
dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad
sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos
solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen
susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que
comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a
todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias
cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos
al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo.
Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer
daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo
escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no
podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y
no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
V. Proceder con astucia para difundir la verdad
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de
haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla
operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí
que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando
algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo
Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje
donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado»,
reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva
concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y
«tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras,
privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad
fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que
únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de
una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no
debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus
encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de
la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra,
el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que
importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de
la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del
sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de
«sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del
mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene
más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para
tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los
ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días.
También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la
Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como
costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una
idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el
Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente,
pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo
de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado
receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo
escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un
bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire
llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de
su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras
de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La
actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor
entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la
propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden
favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan
múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en
ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una
novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones
sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la
novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad
propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César.
Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la
pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal.
Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción
mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres
fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en
el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que
se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin.
Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era
una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución
más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no
habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste
adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio
de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para
ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos
tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los
honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país
cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la
desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo
una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la
indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los
hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen
confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de
vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante
régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para
aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en
que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por
ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para
remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para
explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de
la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la
astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos
maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la
pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo
evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en
público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la
verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita
a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad
de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una
complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el
sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran
susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se
inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos
físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de
juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de
Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución
proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son
solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el
Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden
encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante
es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito
de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las
transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible
durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera.
Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando
ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a
los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación
contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante
método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado
al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de
los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se
corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de
otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de
la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren
evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que
hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la
responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a
las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al
Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el
destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el
ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se
había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó
con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se
acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos
modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía,
al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un
poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si
incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los
hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
Conclusión
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero
ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad
importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la
propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De
qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice
claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad
privada de los medios de producción.
Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos
los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el
mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en
nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales
relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren delstatu quo y que, por consiguiente, tienen más
interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la
clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios
de producción.
martes, 19 de enero de 2016
La Lengua Mítica. Taller Literario
Queridxs amigues: los invitamos a formar parte del taller LA LENGUA MÍTICA: cuatro encuentros literarios donde leeremos y discutiremos textos de cuatro importantes autores latinoamericanos. El objetivo del taller consiste no solo en la lectura de los mismos sino que también se propone promover la escritura de cada participante. En cada encuentro los coordinadores brindarán una introducción sobre el autor, sobre sus técnicas de escritura y entregarán el material de lectura correspondiente.
1º Roberto Bolaño y la literatura neorromántica: lectura y escritura como forma de habitar el mundo. La narración expansiva. Latinoamérica y sus poetas salvajes. La violencia como único destino sudamericano.
2º Nicanor Parra y el antipoema: el lenguaje poético desafectado. Ausencia del yo lírico. Poesía popular. Retória humorística.
3º Martín Gambarotta y el poema político: los ’90, el punk y Montoneros. El "zeitgeist" de una época. Asimilación del modernismo anglosajón.
4º Alejandra Pizarnik y el surrealismo argentino: El mito de la mujer maldíta. Hacer poesía con el cuerpo. El aforismo estilizado. Posibilidades y limites del lenguaje.
Un espacio de encuentro para compartir nuestras capacidades creativas y al mismo tiempo crear debates sobre diferentes obras de lxs autores mencionados.
Taller coordinado por Fabi Pacheco (escritor y blogguer ) y Cassoli Victoria (poeta y blogguer).
Inscripcìón libre y gratuita: lenguamitica@gmail.com
LXS ESPERAMOS en Mitico Bar, Vera 133, desde el próximo viernes 29 a las 19 hs.
Invita Lectura Clandestina y auspicia la Dirección de Juventud del Municipio de Moreno.
domingo, 17 de enero de 2016
A.M. HOMES y la literatura con feminismo bien entendido
UNA MUÑECA DE CARNE Y HUESO, cuento de por A.M. Homes
Estoy saliendo con Barbie. Tres tardes por semana, mientras mi hermana está en clase de ballet, se la quito a Ken. Hago prácticas para el día de mañana.
Al principio entraba en la habitación de mi hermana y me quedaba mirando a Barbie, que vivía con Ken en el tapete del tocador.
La miraba sin mirarla. Hasta que, de repente, me di cuenta de que era ella quien no me quitaba los ojos de encima.
Estaba sentada al lado de Ken, y él, como quien no quiere la cosa, le acariciaba la pierna desnuda con su muslo enfundado en tela caqui. Él la acariciaba, pero ella no me quitaba los ojos de encima.
--Hola --me dijo.
--¿Qué tal? --contesté.
--Me llamo Barbie --se presentó, y Ken dejó de acariciarle la pierna.
--Ya lo sé.
--Y tú eres el hermano de Jenny.
Asentí. La cabeza me iba arriba y abajo como a una marioneta.
--Tu hermana me cae muy bien --dijo Barbie--. Es muy cariñosa. Y muy buena chica. Además, últimamente va siempre tan mona... Hasta ha empezado a pintarse las uñas.
No sé si Barbie se había dado cuenta de que Miss Maravillas se mordía las uñas, y de que, cuando sonreía, descubría unos incisivos manchados de laca de uñas violeta. No sé si sabía que Jennifer disimulaba los mordiscos con rotulador violeta, y que a veces, como se chupaba los dedos, no sólo se manchaba los dientes, sino que tenía la lengua de un tono violeta de lo más raro.
--Oye --le dije--. ¿Te apetece salir un rato? ¿Tomar un poco el fresco, darte un garbeo por el jardín?
--Ya lo creo --aceptó.
La cogí por los pies. Así dicho suena raro, pero estaba tan azorado que no me atreví a cogerla por la cintura. Le sujeté los tobillos y me la llevé más tiesa que el palo de una piruleta.
Nada más salir al jardín, en cuanto nos sentamos en el porche de lo que yo solía denominar mi fuerte pero que mi hermana y mis padres llamaban la casa de juguete, me dio el telele. De repente me di cuenta de que había salido con Barbie. No sabía qué decir.
--¿Y tú qué clase de Barbie eres?
--¿Perdón?
--Bueno, por lo que cuenta Jennifer, hay una Barbie Día y Noche, una Barbie Flexibilidad, una Barbie Regalos, una Barbie Tropical, Mi Primera Barbie, y no sé cuántas más.
--Yo soy Tropical --dijo. Tropical, dicho con la misma naturalidad con la que alguien se declararía católico o judío--. Venía con un bañador de una pieza, un cepillo y un coletero multiuso --chirrió.
Chirrió, sí, en serio. Resultó que tenía ese defecto de nacimiento. Yo hice como si nada.
Hubo unos momentos de silencio. Entonces vi que una hoja más grande que Barbie se desprendía del arce que crecía al lado del fuerte, y la intercepté antes de que se le cayera encima. Casi me esperaba otro chirrido: «;Me has salvado la vida. Soy tuya. Para siempre.» Pero no, Barbie reaccionó con una voz de lo más normal:
--¡Caray, menudo pedazo de hoja!
La miré y me di cuenta de que tenía los ojos de un azul centelleante, el color del océano un día de calma. La miré y me di cuenta enseguida de que llevaba el mundo entero, el cosmos, dibujado con maquillaje alrededor de los ojos. Toda una galaxia, con sus nubes, sus estrellas, su sol y su mar pintados en la cara. Amarillo, azul, rosa y un millón de destellos plateados.
Nos sentamos sin dejar de mirarnos. Nos miramos, hablamos, dejamos de hablar, volvimos a mirarnos. Fue un comienzo entrecortado. Los dos dijimos un montón de cosas que no deberíamos haber dicho, cosas al azar, que enseguida nos arrepentimos de haber dicho.
Estaba claro que Barbie no confiaba en mí. Le pregunté si le apetecía beber algo.
--Una coca-cola light --me contestó. ¿Quién me mandaba a mí preguntar?
Entré en casa, subí al cuarto de baño de mis padres, abrí el botiquín, arramblé con un par de valiums y me tragué uno sin más. Pensé que, si conseguía aparecer tranquilo y sereno, Barbie se daría cuenta de que no tenía intención de causarle ningún daño. Rompí el segundo comprimido en mil añicos, añadí unas esquirlas a la coca-cola light de Barbie, y batí bien la mezcla. Supuse que, si podíamos estar tranquilos y serenos al mismo tiempo, Barbie tardaría menos en confiar en mí. Me estaba enamorando de una forma que no tenía nada que ver con el amor.
--Oye, y lo tuyo con Ken, ¿qué? --le pregunté más tarde, cuando ya nos habíamos relajado. Ella iba por la segunda ronda de coca-cola light y yo ya había hecho una segunda expedición al botiquín.
Barbie se rió.
--No, sólo somos buenos amigos.
--Pero ese Ken, ¿de qué va? A mí me lo puedes contar. El tío... ¿sí o no?
--¿El dío o la día? --dijo Barbie despacito, arrastrando las palabras. Estaba tan colocada que creo que, si hubiéramos tenido un alcoholímetro para valiums, lo habría fundido de un soplido.
Me arrepentí de haberle preparado la tercera coca-cola. Sobre todo porque, si la palmaba de una sobredosis, Jennifer se lo contaría a papá y a mamá.
--O sea, que es marica...
Barbie se echó a reír. Sentí ganas de darle un sopapo. Luego me miró a los ojos.
--Se muere de ganas de estar conmigo --dijo--. Cuando vuelvo a casa por la noche, sé que me estará esperando. Oye, ¿sabes que no lleva ropa interior? ¿Verdad que es rarísimo que no tenga ropa interior? Bueno, no es que no tenga, es que no la fabrican. Oí que Jennifer se le contaba a una amiga suya. En fin, que siempre me está esperando, y mira que yo le insisto: «;Ken, somos amigos, ¿vale? Amigos y nada más.» No sé si te habrás fijado alguna vez, pero tiene el pelo de plástico duro, pegado a la cabeza, de una sola pieza. ¿Te imaginas salir con un tipo así? Además, no creo que estuviera a la altura, tú ya me entiendes. Ken no está lo que se dice muy bien dotado... Sólo tiene un bultito de plástico, una especie de chepa. Ya me dirás qué demonios tiene una que hacer con eso.
Barbie me estaba contando cosas que yo no tenía por qué saber, pero cada vez me acercaba más a ella, como si la cercanía fuera a soltarle aún más la lengua. Capturaba cada una de sus palabras y las saboreaba durante un instante, les daba vueltas en mi cabeza como si me estuviera hablando en una lengua extraña. Barbie seguía y seguía. Yo desconecté al cabo de un rato.
El sol se puso tras la casa de juguete. Barbie sintió un escalofrío, pidió disculpas y echó a correr para vomitar en la parte de atrás. Cuando le pregunté si se encontraba bien, me dijo que sí, que sólo estaba un poco cansada. Igual había pillado la gripe o algo así. Le di un chicle y la llevé de vuelta a casa.
Mientras íbamos hacia el cuarto de Jennifer hice algo que Barbie estuvo a punto de no perdonarme. Algo que no sólo rompió el encanto de aquel momento, sino que casi dio al traste con cualquier posibilidad de un futuro en común para los dos.
Al llegar al rellano que había entre las escaleras y la habitación de mi hermana, me metí la cabeza de Barbie en la boca, como los domadores del circo, como los monstruos de las películas.
La cabeza entera. No contaba con que el pelo se le separaría hebra por hebra como un espumillón navideño y se me pegaría a la garganta hasta casi asfixiarme. Noté el sabor de varias capas de maquillaje: Revlon, Max Factor y Maybelline. Cerré la boca y sentí su aliento en el mío. Oí resonar sus gritos en mi garganta. Su televisiva dentadura Profidén se ensañó con mi lengua y con el interior de mis mejillas. Fue como si me hubiera mordido yo solo sin querer. Luego hice presa en su cuello y la sostuve en los aires mientras ella forcejeaba inútilmente.
Antes de soltarla, le clavé los dientes en el cuello. Barbie describió aquellas marcas superficiales como secuelas de una violación. A mí me parecieron cuentas de un collar new age de amor.
--Nunca... ¡nunca me habían tratado con tanta desconsideración! --protestó tan pronto como me la saqué de la boca.
Mentía. Yo sabía que a veces Jennifer le hacía cosas. Pero no quise recordarle que una vez la había visto colgada del ventilador que había en el techo del cuarto de Jennifer, describiendo grandes círculos en el aire cual émulo de Superman.
--Siento haberte asustado.
--¿Asustado? --chirrió.
Y así durante un rato. El chirrido de Barbie era un cruce entre el ruido que hace un globo al desincharse y el de una alarma de incendios con las pilas gastadas. Mientras Barbie chirriaba, empezó a darme vueltas por la cabeza la frase Más vale cabeza en boca que ciento volando. Sabía que la había oído en otro contexto, a propósito de otra cosa, pero no me la podía quitar de la cabeza. Más vale cabeza en boca que ciento volando. Así una y otra vez, como el eco de un chiste verde.
--Asustado. Asustado. ¡Asustado! --Barbie chirrió y chirrió cada vez más fuerte hasta que volví a prestarle atención--. ¿Has estado alguna vez atrapado en la oscura caverna del cuerpo de otro?
No. Qué bien le había quedado la frase.
--Típico --dijo--. Típica reacción machista. No me lo puedo creer.
Durante un instante me sentí orgulloso de mí mismo.
--¿Por qué tenéis que hacer cosas que sabéis que no debéis hacer? Peor aún: ¿por qué las hacéis con ese brillo en los ojos, como si el hacerlas os proporcionara un extraño placer que sólo podéis compartir con vuestros congéneres? Sois todos iguales --me espetó--. Réplicas de Jack Nicholson.
Me negué a devolverla al cuarto de Jennifer si antes no me perdonaba, si no comprendía que yo había actuado movido por un sentimiento sincero y sin intención alguna de hacerle daño.
--Sabes de sobra que me interesas de verdad --le dije.
--Lo mismo digo --replicó, y me llevó unos instantes decidir si se refería al interés que yo sentía por ella o al que ella podía sentir por sí misma.
--Esto habrá que repetirlo --sugerí. Barbie asintió.
Me incliné para besarla. Me la podría haber acercado a los labios, pero no me pareció correcto. Por eso me incliné para besarla. Entonces me encontré con su nariz en la boca. Me sentí como un San Bernardo.
Por más delicado que intentara ser, siempre acababa lamiéndole la cara. Y no me refiero a meterle la lengua en la oreja o en la garganta; quiero decir que tenía que hacer auténticos esfuerzos para no asfixiarla. La besé dando la espalda a Ken. Luego me volví y la dejé sobre el tapete, a su lado. Tuve la tentación de dejarla caer en su regazo, de aplastarla contra él, pero me contuve.
--Me he divertido mucho --dijo Barbie. Jennifer acababa de poner los pies en el recibidor.
--Hasta luego --me despedí.
Jennifer entró en la habitación y se me quedó mirando.
--¿Qué pasa? --pregunté.
--Que estás en mi habitación --contestó.
--Es que había una abeja. He entrado para matarla.
--¿Una abeja? Soy alérgica a las abejas. ¡Mamá, mamá! gritó--. ¡Hay una abeja!
--Mamá no está. Y ya he matado la abeja.
--¿Y si hay otra?
--Pues me avisas y la mato.
--Pero si me pica podría morirme. --Me encogí de hombros y me fui. Noté que Barbie me seguía con la mirada.
Al viernes siguiente me tomé un valium veinte minutos antes de pasar a buscarla. Para cuando entré en el cuarto de Jennifer, todo me parecía más fácil.
--¿Qué hay? --dije al llegar junto al tocador.
Barbie estaba en el tapete, con Ken. Estaban sentados espalda contra espalda, apoyados el uno en el otro, con las piernas estiradas sobre el mueble.
Ken no se dignó mirarme. Peor para él.
--¿Lista para salir? --pregunté. Barbie asintió--. He pensado que igual tenías sed. --Le pasé la coca-cola light que le había preparado.
Había llegado a la conclusión de que el límite de Barbie era la octava parte de un valium. A partir de ahí empezaba a chochear. De hecho, lo que utilizaba eran migas de valium, porque no había manera humana de dividir la pastilla en porciones tan pequeñas.
Barbie cogió la coca-cola y se la bebió delante de Ken. Yo esperaba que él me dedicara una de esas miradas que significan «;sé lo que te traes entre manos y no me gusta un pelo», una mirada como las que me dedica mi padre cuando entra en mi habitación sin llamar y se da cuenta de que me ha sobresaltado.
Ken, en cambio, se comportó como si no se hubiera percatado de mi presencia. No lo tragaba.
--Esta tarde no puedo andar mucho --dijo Barbie.
Asentí. No me pareció que fuera un gran impedimento porque, de todas formas, era yo quien la llevaba de acá para allá.
--Tengo los pies hechos polvo --me explicó.
Yo seguía pensando en Ken.
--¿No tienes otros zapatos?
En mi familia lo de los zapatos era una obsesión. Para solucionar cualquier problema, mi padre siempre sugería un cambio de zapatos. Creía que para el calzado, igual que para los neumáticos, había que seguir un sistema de rotación.
--El problema no son los zapatos --dijo--, sino los dedos.
--¿Te los has aplastado sin querer? --El valium no estaba surtiendo efecto. Me costaba horrores darle conversación. Necesitaba otra dosis.
--Jennifer me los muerde.
--¿Qué?
--Que me muerde los dedos de los pies.
--¿Y tú se lo consientes?
No entendía lo que quería decirme. Seguía pensando en mi bloqueo, en que necesitaba otro valium o tal vez dos, un par de caramelos Pez amarillos y no autorizados para menores.
--¿Te gusta? --pregunté.
--Me hinca los dientes en los pies como si fueran falda de ternera --dijo Barbie--. Ojalá me los arrancara de un mordisco y acabáramos de una vez. Si no, esto puede durar eternamente. Muerde que te muerde. Cualquiera diría que me quiere roer.
--No volverá a pasar. Le compraré chicle, o tabaco, o lo que sea. Un lápiz que pueda mordisquear.
--No, no le digas nada, por favor. No te lo hubiera dicho si...
--Pero te está haciendo daño.
--Es un asunto entre ella y yo.
--¿Hasta dónde crees que puede llegar?
--No más allá del empeine, espero. Cuando llegue al hueso y se dé cuenta de que ya ha mordido la parte blanda, lo dejará.
--¿Y cómo te las arreglarás para andar sin dedos?
--Tengo los pies muy largos.
Me senté al borde de la cama de mi hermana, con la cabeza entre las manos. Mi hermana se estaba comiendo a mordiscos los pies de Barbie y a Barbie parecía no importarle. No le guardaba rencor. En cierto modo, me gustaba que así fuera. Me gustaba el hecho de que entendiera que todos tenemos costumbres secretas que a nosotros nos parecen normales pero que nos guardamos muy mucho de confesar en voz alta. ¿Y a mí? ¿Hasta dónde me dejaría llegar?
--Sácame de aquí --me pidió. Le quité los zapatos y vi que, efectivamente, alguien había estado royéndole los dedos. Los del pie izquierdo estaban a punto de desprenderse, y la mitad de los del derecho ya brillaban por su ausencia. Tenía señales de mordiscos hasta en los tobillos.
--No hablemos más del tema --dijo.
Cuando la cogí, Ken se cayó de espaldas, y ella me obligó a enderezarlo antes de salir.
--Saber que sólo tiene un bulto no te autoriza a maltratarlo --me reprendió en voz baja.
Coloqué a Ken en su sitio y recorrí el trecho de pasillo que separaba la habitación de mi hermana y la mía. Una vez en mi cuarto, levanté a Barbie hacia el techo, eché la cabeza atrás y me metí sus pies en la boca. Me sentí como un joven tragasables practicando antes de su debut. Me metí los pies y las piernas de Barbie en la boca y se las empecé a chupar. Olían a Jennifer, a polvo y a plástico. Le chupé los muñones, y ella me dijo que le gustaba.
--Eres mejor que un baño caliente --dijo Barbie. La dejé sobre la almohada y bajé a preparar las bebidas.
Luego nos echamos en la cama, acurrucados, entrelazados, ella en la almohada y yo de costado, mirándola. Barbie hablaba de los hombres, y yo intentaba ser todo lo que ella quería. Dijo que no le gustaban los hombres que tenían miedo de sí mismos, e intenté ser valiente, parecer audaz y aplomado, ladear la cabeza de un modo especial. Al parecer, no lo hice del todo mal. Luego dijo que no le gustaban los hombres que tenían miedo de la feminidad, y me hice un lío.
--Los hombres siempre tienen que demostrar lo machos que son --dijo.
Pensé en Jennifer y en cómo se esforzaba por parecer femenina, en sus vestidos, sus uñas pintadas, su maquillaje, y en ese sujetador cuyo uso no iba a poder justificar hasta al cabo de al menos cincuenta años.
--Te ríes de Ken porque él se muestra tal como es. No esconde nada.
--En su caso no hay mucho que esconder --dije--. Tiene el pelo de plástico duro y un bulto en lugar de pene.
--No debería haberte contado lo del bulto.
Me acosté boca arriba. Barbie se volvió hacia mí y cambió la almohada por mi pecho. Su cuerpo era tan largo como el espacio comprendido entre mi pezón y mi ombligo. Sentí el cosquilleo de sus manos sobre mi piel.
--Barbie --dije.
--¿Mmm?
--¿Qué sientes por mí?
Barbie tardó un instante en responder.
--No te preocupes por eso --dijo, e introdujo su mano entre dos botones de mi camisa.
Sus dedos eran como palillos afilados en manos de un antiguo torturador, pasos de una danza matriarcal de la muerte ejecutada sobre mi pecho. Barbie reptaba como un insecto atiborrado de Raid.
Bajo la ropa, debajo de la superficie, me estaba volviendo loco. Entre otras cosas, porque los calzoncillos me estaban jugando una mala pasada y no sabía cómo solucionar el problema sin llamar demasiado la atención.
Con Barbie aún aferrada a mi camisa, me di la vuelta como un transbordador espacial durante una maniobra de acoplamiento. Me puse boca abajo, y Barbie quedó atrapada entre mi estómago y la sábana. Con toda la lentitud y la discreción de que fui capaz, fue descansando todo mi peso sobre el colchón. Al principio, con la esperanza de que el desajuste se arreglara solo; luego compulsivamente, atrapado en una espiral de dolor y placer.
--¿Es una cama de agua? --preguntó Barbie.
Le puse la mano sobre el pecho. O, mejor dicho, el dedo índice. Barbie ahogó un grito, un chirrido invertido. Chirrió al revés y luego guardó silencio. Yo me quedé tal como estaba, con la mano sobre su pecho, y me puse a pensar por qué estaba siempre cruzando las fronteras que separan a los ricos de los desposeídos, los buenos de los malos, los hombres de las fieras, sin poder hacer nada por evitarlo.
Barbie se había sentado en mi paquete, con las piernas dobladas hacia atrás en una postura inhumana.
Y llegó un momento en que no pude más. El pene se me había puesto azul; de puro asfixiado, que conste. Nada más hacer los honores, el bueno de Richard salió disparado como un preso fugado de una cárcel de máxima seguridad.
--Nunca había visto nada tan grande --exclamó Barbie. ¿Qué hombre no ha soñado con oír esa frase? Por desgracia, teniendo en cuenta la clase de gente que frecuentaba Barbie, y me refiero concretamente a Don Bulto, el comentario no me sorprendió demasiado.
Barbie se puso de pie junto a mi pene erecto y hundió sus pies descalzos en mi vello púbico. Richard era casi tan alto como ella. Bueno, tal vez exagero, pero no mucho. Y el tamaño no era el único atributo que compartían; también tenían la misma expresión de sorpresa dibujada en el rostro.
Viéndola sobre mí, no pude contener el deseo de penetrarla. La puse boca arriba sobre el colchón y me coloqué encima de ella, completamente ajeno al hecho de que podía estar poniendo su vida en peligro. Barbie me clavó las manos en el estómago hasta hacer que me sintiera como un paciente sometido a una apendicectomía.
Estaba encima de ella, tratando de abrirme paso entre sus piernas, dispuesto a partirla en dos. Pero allí no había nada, nada donde meter excepto una línea que separaba simbólicamente sus nalgas.
Me concentré en esa línea, le acaricié la parte posterior de los muslos y también la entrepierna. Y la coloqué de espaldas a mí para poder hacerlo sin verle la cara.
Me corrí enseguida. Encima de Barbie, de su cuerpo y de su cabello. Me corrí sobre ella, y fue la experiencia más traumática de mi vida. Porque no se le quedó pegada. La leche no se adhiere al plástico. Me sentí acabado. Tenía entre las manos una Barbie cubierta de semen y estaba poniendo cara de no haber roto nunca un plato.
--No pares --dijo Barbie, aunque puede que sólo me lo pareciera porque había leído una escena similar en alguna parte. Ya no lo sé. No tenía valor para escucharla. Ni siquiera para mirarla. Me limpié con un calcetín, me vestí y llevé a Barbie al cuarto de baño.
Durante la cena me di cuenta de que Jennifer alternaba los bocados de pasta y atún con fragmentos de sus cutículas. Le pregunté si le estaban saliendo los dientes. Entonces le dio un ataque de tos y se atragantó, no sé si por culpa de una uña, de una patata frita mal masticada, o de un trocito de pie de Barbie que se le hubiera pegado a los dientes. Mi madre le preguntó si se encontraba bien.
--Me he tragado algo que pincha --dijo Jennifer entre toses, con un estilo que delataba claramente la influencia de las clases de arte dramático recibidas durante el verano anterior.
--¿Te pasa algo? --insistí.
--Deja en paz a tu hermana --me advirtió mi madre.
--Si hay que hacerle alguna pregunta, ya se la haremos nosotros --apostilló mi padre.
--¿Va todo bien? --preguntó mi madre a Jennifer. Mi hermana asintió--. Me parece que ya es hora de comprarte otros vaqueros --añadió--. Te estás quedando sin ropa de batalla.
--¿Cambiar de tema? --dije mientras trataba de encontrar la manera de evitar que Jennifer se comiera viva a Barbie--. Dios me libre.
--Yo no llevo pantalones --protestó Jennifer--. Los pantalones son para los chicos.
--Tu abuela lleva pantalones --la informó mi padre.
--La abuela no es ninguna chica.
Mi padre se rió entre dientes. Así es, entre dientes. Mi padre es la única persona que he conocido jamás capaz de reírse entre dientes.
--Guárdale el secreto --se carcajeó.
--No le veo la gracia --dije yo.
--Además, la abuela los lleva elásticos --insistió Jennifer--. Sin bragueta. Para llevar bragueta hace falta tener pene.
--Jennifer --intervino mi madre--, basta ya.
Decidí comprar un regalo para Barbie. Había alcanzado ese extraño punto de la relación en que me sentía capaz de hacer cualquier cosa por ella. Tuve que coger dos autobuses y andar más de un kilómetro y medio para llegar a Toys 'R' Us.
La sección Barbie ocupaba el pasillo 14C. Yo estaba hecho polvo. Me imaginé rodeado de un millón de Barbies y obligado a tirármelas a todas. Me imaginé follando con una, dejándola de lado, escogiendo otra, tirándomela y añadiéndola al número creciente de Barbies usadas que se iban acumulando en un rincón de mi habitación. Ímproba tarea donde las hubiera. Me vi convertido en un esclavo de Barbie. ¿Cuántas Barbies Tropical debían de fabricarse cada año? Estuve a punto de desmayarme.
Había estanterías y más estanterías repletas de Barbies, Kens y Skippers. Barbie Diversión, Ken Tesoro Secreto, Barbie Baila el Rock Ritmo A Tope... Vi que también había varios ejemplares de Barbie Flexibilidad, y me sorprendí a mí mismo examinándolos de cerca con aire seductor, preguntándome si sabrían abrirse de piernas. «;Dale al interruptor y verás cómo se mueve», decía en la caja. Barbie me guiñó un ojo mientras leía.
Lo único tropical que encontré fue un Ken Tropical de raza negra. Aunque a simple vista nunca habría dicho que era negro. Negro en el sentido en que lo son los negros, quiero decir. Ken Tropical era de color pasa, pasa aplastada y sin arrugas. Llevaba una especie de peinado afro muy corto que más que un peinado parecía un casco, una peluca que hubiera aterrizado sobre su cabeza por casualidad y ya no se le hubiera despegado. ¿Sería aquel Ken negro un Ken blanco cubierto por una gruesa capa de pintura de color pasa?
Cogí ocho Kens negros de una estantería y los coloqué en fila. A través de su ventana de celofán Ken Tropical me dijo que su ambición era llegar a ser dentista. Los ocho hablaban a la vez. Por suerte, decían lo mismo y al mismo tiempo. Decían que les gustaban mucho los dientes. Ken sonrió. Tenía la misma sonrisa dentífrica y televisiva que Barbie y su Ken blanco. Eso me hizo pensar que toda la familia Mattel debía de cuidarse mucho. Tal vez fueran los únicos americanos que aún se cepillaban los dientes después de cada comida y antes de acostarse.
No sabía qué regalo escoger. Ken Tropical me recomendó una prenda de vestir, un abrigo de piel, por ejemplo. Yo quería algo realmente especial. Un regalo maravilloso que nos hiciera sentir el uno muy cerca del otro.
Consideré la posibilidad de comprarle un set de terraza y piscina, pero el riesgo de provocarle un ataque de nostalgia me hizo desistir. ¿Y un equipo completo de vacaciones alpinas, con refugio, chimenea, motonieve y trineo incluidos? ¿Y si utilizaba nuestro nido de amor para invitar a Ken a pasar el fin de semana? El plató de telediario también era bonito, pero dada la tendencia de Barbie a emitir chirridos, su porvenir como presentadora me parecía limitado. Un gimnasio, un sofá cama con mesita auxiliar, un balneario, un dormitorio... Al final me decidí por el piano de cola. Costaba trece dólares. Siempre había ido con cuidado de no gastarme más de diez dólares en nadie, pero, teniendo en cuenta las circunstancias, valía la pena tirar la casa por la ventana. Al fin y al cabo, uno no compra un piano de cola todos los días.
--Para regalo --dije en la caja.
Desde la ventana de mi cuarto se veía el jardín. Jennifer, ataviada con su tutú, daba brincos de un lado a otro de la terraza. Era muy arriesgado colarse en su habitación y coger a Barbie, pero no podía soportar la idea de tener un piano de cola escondido en el armario y no contárselo a nadie.
--Empiezo a creer que te gusto de verdad --dijo Barbie después de desenvolver el regalo.
Asentí. Barbie llevaba puesto un equipo completo de esquí. Estábamos a finales de agosto, y en el exterior la temperatura era de 26 grados centígrados. Barbie se sentó rápidamente en la banqueta y se puso a tocar «;Chopsticks».
Eché un vistazo por la ventana. Jennifer estaba cogiendo carrerilla para subirse de un salto a lo alto de la barandilla. Después volvería a la posición inicial, muy parecida a la de esos caballos voladores de color rojos que aún se ven en las viejas gasolineras Mobil. La primera vez le salió bien. La segunda tropezó con la barandilla y fue a parar de bruces al otro lado. Al cabo de un momento reapareció cojeando en una esquina, con el tutú sucio y rasgado y sendos tomates en las rodillas de sus mallas rosa. Arranqué a Barbie del piano y la devolví a toda prisa a la habitación de Jennifer.
--Sólo estaba entrando en calor --dijo--. Sé tocar mucho mejor.
Jennifer subía las escaleras llorando.
--Viene Jennifer --dije antes de dejar a Barbie sobre el tocador. Entonces me di cuenta de que Ken no estaba.
--¿Dónde está Ken? --pregunté.
--Ha salido con Jennifer --respondió Barbie.
Salí a recibir a mi hermana.
--¿Estás bien? --le pregunté, y empezó a berrear aún más fuerte--. He visto cómo te caías.
--¿Y por qué no has hecho algo? --protestó.
--¿Para evitar que te cayeras?
Jennifer asintió y me mostró las rodillas.
--Una vez has perdido el equilibrio ya no había nada que hacer. --Me di cuenta de que llevaba a Ken sujeto a la cinturilla del tutú.
--Excepto cogerme en el aire --dijo Jennifer.
Estuve a punto de decirle que era peligroso ir por ahí dando saltos con un Ken sujeto a la falda, pero no se puede reñir a alguien que ya está llorando.
La acompañé al cuarto de baño y busqué el agua oxigenada. Yo era un experto en primeros auxilios. La clase de tío que va por la calle esperando que a alguien le dé un ataque al corazón para poder practicar la maniobra de resucitación cardiopulmonar.
--Siéntate --le dije.
Jennifer se sentó en el inodoro sin bajar la tapa. Ken se le clavaba por todas partes, pero, en vez de sacárselo de encima, mi hermana se revolvía buscando una postura cómoda, como si no hubiera otra solución. Así pues, tuve que ser yo quien se lo quitara. Jennifer me miró cómo si acabara de practicarle una operación quirúrgica.
--Es mío --dijo.
--Quítate los leotardos --le ordené.
--No.
--¿No ves que están hechos trizas? Quítatelos.
Jennifer se quitó las zapatillas de ballet y las mallas. Llevaba unos calzoncillos que habían sido míos. Bajo el tutú deshilachado, asomaba un estampado poblado de superhéroes como Spiderman, Superman y Batman. Opté por mantener la boca cerrada, pero resultaba de lo más curioso ver unos calzoncillos sin paquete debajo. Ésa debía de ser la razón de que los fabricantes de Ken no se tomaran la molestia de hacerle ropa interior: de todas formas, iba a resultar demasiado raro.
Rocié las rodillas ensangrentadas de agua oxigenada. Jennifer me chilló al oído. Luego se agachó para examinar la herida y se tocó la piel desgarrada con sus dedos color violeta. El tutú se levantó de repente y le arañó la cara. Yo me dediqué a limpiarle la herida de guijarros y briznas de hierba.
Jennifer se echó a llorar otra vez.
--No es nada --la tranquilicé--. De ésta no te vas a morir. --Jennifer ni se inmutó--. ¿Quieres que te traiga algo? --le pregunté en un ataque de amabilidad.
--A Barbie --contestó.
Era la primera vez que una tercera persona nos veía juntos. La cogí como si fuera una perfecta desconocida y se la di a Jennifer. Ella la agarró por el pelo. Estuve a punto de protestar, pero no lo hice. Barbie me miró y se encogió de hombros. Entonces bajé a preparar un coca-cola light especial para Jennifer.
--Tómate esto --le dije. Mi hermana apuró la bebida en cuatro tragos. Inmediatamente sentí remordimientos por haber utilizado un valium entero.
--¿Por qué no le das un sorbo a tu Barbie? --sugerí--. Seguro que también tiene sed.
Cuando Barbie me guiñó un ojo, tuve que reprimir el impulso de asesinarla. ¿Cómo se le ocurría hacerlo delante de Jennifer? ¿Y a qué venía hacerlo porque sí?
Volví a mi cuarto y escondí el piano. Mientras lo guardara en su caja de cartón --supuse--, no había por qué preocuparse. En caso de ser descubierto, siempre podía decir que lo había comprado para regalárselo a mi hermana.
El miércoles Ken y Barbie aparecieron con las cabezas intercambiadas. Cuando entré a recoger a Barbie, encontré a los dos híbridos sobre el tocador: el cuerpo de Ken coronado por la cabeza de Barbie y viceversa. Al principio creí que se trataba de una alucinación.
--Hola --me saludó la cabeza de Barbie.
No me salían las palabras de la boca. Barbie tenía el cuerpo de Ken, y eso me hizo ver a Ken con otros ojos.
Cuando fui a coger el cuerpo de Ken con cabeza de Barbie, la cabeza de Barbie se desprendió, rodó por el tocador, atravesó el tapete, sorteó la colección de gatitos de cerámica de Jennifer y ¡pum! cayó al suelo. Vi cómo la cabeza de Barbie se desprendía del cuerpo, rodaba, se acercaba al borde del tocador y, finalmente, caía al vacío, pero fui incapaz de hacer nada por evitarlo: estaba petrificado, paralizado. Mi mano izquierda sostenía el cuerpo acéfalo de Ken.
En el suelo, la cabeza de Barbie reposaba sobre sus cabellos desordenados como lo habría hecho sobre las alas de un ángel desplegadas en la nieve. Habrá sangre --me dije--, un gran charco, o al menos un reguerillo saliéndole de la oreja, la nariz o la boca. Pero no. Al bajar la vista sólo encontré unos ojos cósmicos que me miraban fijamente. Creí que Barbie había muerto.
--¡Menudo porrazo! --exclamó entonces--. Sólo me faltaba esto. ¡Con el dolor de cabeza que me dan estos pendientes!
Barbie llevaba unos botones en el lóbulo de las orejas.
--Es que me atraviesan el cráneo, ¿sabes? Supongo que es cuestión de acostumbrarse --se resignó.
Sobre el tocador, al lado del híbrido con cuerpo de Barbie y cabeza de Ken, reconocí el acerico de mi madre. Tenía clavados cientos de alfileres: algunos plateados y con la cabeza plana, y otros rematados por bolitas rojas, amarillas y azules.
--¡Llevas dos alfileres clavados! --le dije a la cabeza de Barbie, que seguía en el suelo.
--Como autor de piropos, dejas mucho que desear.
Barbie empezaba a caerme gorda. Yo me expresaba con una claridad diáfana y ella no se enteraba de nada.
Volví la vista hacia Ken. Lo tenía en la mano izquierda, agarrado por la cintura. Al mirarlo me di cuenta de que le estaba tocando el bulto con el pulgar. De que le estaba tocando la bragueta con el pulgar. Y nada más pensarlo se me puso dura. Fue una de esas erecciones con las que uno se encuentra de repente, sin saber de dónde han salido. Empecé a acariciarle el bulto. Mi pulgar parecía salido de una película porno proyectada en pantalla gigante.
--¿A qué esperas? --preguntó la cabeza de Barbie--. Levántame del suelo. Ayúdame.
Deslicé el dedo bajo el traje de baño de Ken y seguí acariciándole el bulto. O la chepa. Estaba en la habitación de mi hermana, de pie, con los pantalones bajados.
--¿Es que no piensas ayudarme? --insistió Barbie--. ¿Es que no piensas ayudarme?
Un segundo antes de correrme, coloqué el hueco correspondiente al cuello de Ken frente a mí, cabeza abajo, justo encima de mi pene, y me corrí en su interior como nunca había podido hacer con Barbie.
Me corrí dentro del cuerpo de Ken, y tan pronto como terminé sentí ganas de volverlo a hacer. Quería llenarlo y después colocar la cabeza en su sitio, como si fuera el tapón de un frasco de perfume. Deseaba que Ken fuera el recipiente de mi secreto. Me corrí dentro de Ken, y entonces me acordé de que no era mío. Lo llevé enseguida al cuarto de baño y lo sumergí en una mezcla de agua caliente y líquido desinfectante. Luego lo limpié bien por dentro con el cepillo de dientes de Jennifer y lo dejé un rato en remojo en agua fría.
--¿Pero es que no piensas ayudarme? --insistió Barbie.
El accidente debía de haberle causado daños irreparables en el cerebro. Recogí la cabeza del suelo.
--¿Por qué has tardado tanto? --preguntó.
--Tenía que ocuparme de Ken.
--¿Se encuentra bien?
--Se recuperará. Lo he dejado en remojo en el cuarto de baño. --Tenía en la mano la cabeza de Barbie.
--¿Qué piensas hacer?
--¿Qué quieres decir? --pregunté.
¿Debía interpretar que aquel pequeño incidente, aquel momento de intimidad con Ken, me obligaba a tomar una decisión inmediata sobre mi futuro como objeto de deseo de los homosexuales?
--Esta tarde. ¿Adónde iremos? ¿Qué haremos? Te echo mucho de menos cuando no te veo --dijo.
--Pero si me ves todos los días.
--En realidad, no. Sólo te veo pasar de lejos desde el tocador. Vamos a tu cuarto.
Volví al baño, aclaré a Ken, lo sequé con el secador de mi madre, y me puse a jugar con él otra vez. Cosas de chicos. Al fin y al cabo, eso es lo que éramos. Consideré la posibilidad de jugar algún partido con él, de salir los dos sin Barbie.
--Los he visto más rápidos --dijo Barbie cuando regresé a la habitación.
Dejé a Ken en el tocador, recogí el cuerpo de Barbie, le arranqué la cabeza de Ken y, sin ningún miramiento, coloqué la de Barbie en su lugar.
--No quiero pelearme contigo --dijo Barbie mientras la llevaba a mi cuarto--. No podemos desperdiciar el poco tiempo que tenemos en peleas. Follemos --propuso.
No me apetecía. Seguía pensando en follar con Ken y en que Ken era un chico. Seguía pensando en Barbie y en que Barbie era una chica. En Jennifer, que cambiaba las cabezas de sitio, se comía los pies de Barbie, la colgaba del ventilador del techo y Dios sabe cuántas cosas más.
--Follemos --repitió.
Le arranqué la ropa. Jennifer le había pintado un triángulo invertido de vello púbico entre las piernas. Se lo había dibujado del revés, de manera que parecía más un surtidor que cualquier otra cosa. Lancé un certero escupitajo y utilicé el pulgar y el dedo índice para borrar la mancha de tinta por simple fricción. Barbie soltó un gemido.
--¿Por qué dejas que te haga estas cosas?
--Jennifer es mi dueña --gimió.
Jennifer es mi dueña. Y lo decía así, como si nada, casi con gusto. Sentí celos de mi hermana. Jennifer era la dueña de Barbie y eso me ponía furioso. Estaba claro que era una de esas relaciones que sólo pueden darse entre mujeres. Jennifer podía ser la dueña de Barbie porque eso no importaba. Jennifer no la deseaba. Jennifer la poseía.
--Eres perfecta.
--Me estoy poniendo como una foca --dijo ella.
Se movía sobre mí como un reptil. ¿Sabía Jennifer que Barbie era ninfómana? ¿Sabía Jennifer qué clase de ninfómana era Barbie?
--No deberías andar entre niñas pequeñas --dije.
Barbie hizo caso omiso de mis palabras.
Tenía arañazos en el pecho y en el abdomen, pero, como ella no hizo ningún comentario al respecto, al principio fingí que no lo había notado. Al acariciarla me di cuenta de que eran cortes profundos, tajos de contorno irregular que detenían el avance de los dedos. Imposible no sentir curiosidad.
--¿Jennifer? --adiviné mientras le lamía las heridas como si mi lengua, a modo de papel de lija, pudiera borrar las marcas. Barbie asintió.
Confieso que la posibilidad de usar papel de lija me pasó por la imaginación. Lo difícil era encontrar la manera de explicárselo a ella: estáte quieta mientras yo te froto muy fuerte con esta especie de toalla empapada en cemento. A lo mejor hasta le gustaba que la esposara y convirtiera aquello en una sesión de sadomaso.
Le lamí las esquirlas, las palabras copyright 1966 Mattel Inc. que llevaba tatuadas en la espalda. Ella se puso como loca. Dijo no sé qué de la hipersensibilidad y las cicatrices.
Barbie se aferraba a mí, me hacía sentir sus heridas sobre mi piel. Yo pensaba en Jennifer y en que mi hermana era muy capaz de matar a Barbie. Sin querer, cualquier día podía pasarse de la raya. No sabía si Barbie se daría cuenta a tiempo, ni si, llegado el caso, trataría de detenerla.
Y follamos. Ésa es la palabra que yo utilizaba, follar. Al principio, Barbie decía que no le gustaba, y por eso precisamente a mí me gustaba todavía más. Ella la encontraba demasiado fuerte, demasiado sonora, y decía que no estábamos follando sino haciendo el amor. Yo le decía que debía de estar de guasa.
--Follemos --dijo, y aquella tarde me di cuenta de que el fin estaba cerca--. Follemos --dijo. No me gustó cómo sonaba la palabra.
El viernes, cuando entré en la habitación de Jennifer, noté algo extraño en el ambiente. El aire olía a laboratorio, a fuego, a experimento fracasado.
Barbie llevaba un vestido de noche amarillo con escote palabra de honor, y el pelo recogido en un moño alto que parecía más un pastel de boda que algo salido de la batidora de Betty Crooker. Sobre su cabeza había un torbellino imaginario de fibras de algodón. Llevaba sendos alfileres amarillos clavados en las orejas y unos zapatos dorados de pelandusca a juego con el cinturón. Durante un instante me concentré en el cinturón e imaginé otras maneras de utilizarlo; pero no precisamente para maniatarla: prefería atarle el cinturón alrededor de la cabeza, amordazarla.
Al mirarla de nuevo me di cuenta de que le asomaba una mancha grande y oscura, como una cicatriz, por encima del escote. La cogí y le bajé la parte delantera del vestido.
--¿Qué pasa, grandullón? --me dijo--. ¿No vas a decirme hola primero?
Alguien le había cortado los pechos con un cuchillo. Un cuchillo que, a juzgar por las decenas de cicatrices, podría haber tenido cinco hileras de dientes, igual que la boca de un tiburón. Y, por si eso fuera poco, la habían derretido. Había estado en contacto con llamas azules y amarillas hasta fundirse, hasta convertirse en el mismo fuego que la consumía. El plástico derretido había sido trabajado posteriormente con la punta de un lápiz o de un bolígrafo. Al enfriarse, la carne fundida de Barbie había vuelto a endurecerse, y el plástico formaba espirales negras y rosas en el cráter que Jennifer había excavado en sus pechos.
La examiné de cerca, como habría hecho un científico, un patólogo, un forense. Estudié las quemaduras, la zona rebajada, como si la cercanía pudiera proporcionarme una explicación, una salida.
Noté un sabor desagradable, como si me hubiera metido una pila en la boca. Fue algo que me subió al paladar desde el estómago y que luego regresó a él, dejándome en la boca el sabor amargo y metálico de la saliva agria. Tosí y me eché un escupitajo en la manga de la camisa. Luego me remangué para esconder la mancha de humedad.
Toqué el borde del cráter con el dedo índice. Lo rocé, apenas. Al contacto de mi piel, sin embargo, la parte exterior de la cicatriz se desprendió. Tuve que hacer un esfuerzo para no soltarla.
--No es más que una reducción --dijo Barbie--. Ahora Jennifer y yo estamos empatadas.
Barbie sonreía. Su cara tenía la misma expresión que me había enamorado el primer día. La misma expresión de siempre. Aquello era insoportable. Sonreía, y estaba carbonizada. Sonreía, y estaba destrozada. Le coloqué bien el vestido para que no se le viera la cicatriz. Luego la dejé con cuidado sobre el tapete del tocador e hice ademán de salir.
--¿Qué pasa? --dijo Barbie--. ¿Hoy no vamos a jugar?
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