Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de mayo de 2016

El 24 le queda lejos*

Plaza de Mayo le queda lejos, lejísimo. Igual que el 24 de marzo. Hace un rato se quedó charlando con los pibes de la básica de a la vuelta que lo invitaron a que marche con ellos y medio por vergüenza no les preguntó para qué. ¿Cuánta memoria puede aguantar un pibe? Los rebotes de la Memoria, de esa memoria, le son demasiado lejanos. Joel recuerda otras cosas, lo hace con todo el cuerpo, sus percepciones sensoriales son aprendizajes a fuego. Sabe que tiene que cuidarse de la policía, por su hermano sabe que en el penal te tenés que hacer respetar, sabe que la escuela no puede nada y que los políticos son todos cagadores. Aunque a Cristina la quiere. Antes iba a los actos de la municipalidad, pero de un tiempo a esta parte no lo hace más, los llevaba Cepillo. Se divertía un poco, comía algo y le daban unos mangos. Bastantes menos de los que ganaba Cepillo por llevarlos. Mientras camina a la estación de Bosques le rebota la frase “terrorismo de estado” que le dijo unos de los flacos y casi sin proponérselo el 24 de marzo le queda lejos 45 se acuerda cuando la policía mató a Renato dejándolo tirado en el andén, piensa en su tía que se desangró en la guardia del hospital sin que la atendieran y, como siempre, vuelve a preocuparse por su hermano que la cagó y ahora no la pasa nada bien. Su memoria es de corto plazo, pero de una persistencia brutal. No olvida, no perdona, no se reconcilia. Nunca se va a reconciliar con el policía que dejó ir al marido de su mamá después de cagarla bien a palos. “Cosas de parejas”, le dijo mientras él y su hermana juntaban los pedazos de mamá tirados en la vereda. No olvida la cara de Renato cuando muerto de miedo le dijo que se tenía que ir porque el jefe de calle le había jurado que lo iba a matar. Nada se puede olvidar, ni la lágrima tatuada, porque era más que un hermano. No puede perdonar que su viejo los dejó solos ni bien nació Ludmila y nunca más apareció. Sabe que el olvido es una mentira. Todos los días aparece. ¿Por qué tendría que haber un día especial de la memoria, si todos los días son el día de la madre? Hace unos pares de años, los pibes de la básica lo llevaron a la Universidad de Varela. Era una charla que daba una viejita con pañuelo blanco. Remotamente había oído hablar de las Madres de Plaza de Mayo. El amor que salía de esa vieja le hizo acordar al amor de su mamá por ellos tres: por él, por Ludmila y por Sebastián, que aunque esté en el penal y sea un infinito garrón visitarlo, ella va casi todas las semanas. Seguramente Plaza de Mayo es lejísimo, tanto como la dictadura, los militantes, los obreros, el terrorismo de ese estado, esos desaparecidos y la patria socialista, un mundo tan increíblemente ajeno a él, del que no tiene información y ni siquiera quiere imaginar. Siente la obligación de acompañar a los pibes que le hicieron conocer a esa madre que ama tanto como su vieja. “Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía” repite una y otra vez mientras llega a la estación, su memoria se enciende y descubre que en sus nervios hay mucha más información del futuro.

*Texto del escritor conurbanense Diego Valeriano, publicado en el volumen Macri es la Cultura, que editó Tinta Limón Ediciones. Me parece interesante para pesar territorios y nuevas subjetividades nacidas al calor de los últimos doce años.

lunes, 8 de febrero de 2016

Bertold y las cinco dificultades para decir la verdad



Con el macrismo gobernando, este es un momento histórico para releer este texto.

Bertolt Brecht
Berlín (Alemania), 1934.
Presentación: Jesús Gómez Gutiérrez

El presente texto apareció en noviembre de 1963 en el Boletín del Seminario de Derecho Político de la Universidad de Salamanca (España), publicación dirigida en aquella época por el profesor Enrique Tierno Galván, de cuyo fallecimiento se cumplieron dieciocho años el pasado 19 de enero.
Ensayista y político, Tierno Galván fue fundador del Partido Socialista Popular (PSP), organización que se integró en 1978 en el PSOE. Elegido alcalde de Madrid al frente de una coalición del Partido Socialista y el Partido Comunista de España (PCE) en abril de 1979, renovó su cargo en 1983 y se mantuvo al frente del consistorio madrileño hasta su muerte.
«¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué?», se pregunta Bertolt Brecht en el texto que hoy les presentamos. Sirva entonces como homenaje de La Insignia a un hombre que buscó respuestas. Y que a veces, las encontró.

Las cinco dificultades para decir la verdad

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.

I. El valor de escribir la verdad
Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.

III. El arte de hacer la verdad manejable como arma
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

IV. Cómo saber a quién confiar la verdad
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

V. Proceder con astucia para difundir la verdad
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.
Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.
Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren delstatu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Paso al frente

Comparto una crónica sobre la escuela pública bonaerense que escribió el compañero poeta y docente Gabriel Cortiñas, para la Revista Inrockuptibles de diciembre:

"Paso al frente"
En un aula despintada quince chicos leen un cuento de dos carillas sobre la Guerra de Malvinas. Estamos a fines de abril. Es recién la octava clase que este curso de segundo tiene de Prácticas del Lenguaje en lo que va del año. El profesor, a cargo de la materia desde hace pocos días, camina entre los bancos, no se sienta nunca. Abre la puerta para que corra el aire. La escuela, una secundaria de Munro, está tranquila; hoy por suerte no se escuchan los gritos de la secretaria. En ese clima de trabajo que el docente disfruta no sin cierto orgullo se escucha el gas de una coca de seiscientos que se abre y acto seguido un paquete de papas fritas. Es Leonardo Barrientos, que con diecisiete años es uno de los más grandes del curso. Morocho de ojos verdes con piercing en la ceja, flaco pura fibra. “Ey, profe, usté es re manija, no se queda quieto.” El docente sonríe, asiente con la cabeza, y se acerca: “¿Viste? Sí, no me puedo quedar sentado, tengo ese problemita.” Y enseguida le hace ver al alumno lo mucho que debe gastar en el kiosko cada día. “Al mes es un montón, Leo”. “¿Y? ¿Cuál hay? Para eso trabajo, profe.” Lo dice orgulloso. Él tiene su plata; ayuda al padre en la construcción y gasta, porque puede gastar. “Ya fue, hice hasta el punto 5, lo demás se lo debo.” “Dale, che, te queda la mejor parte: escribir vos otra historia. Aunque sea de media carilla”, insiste el profesor. Pero enseguida tiene que alejarse; Macarena terminó y lo está llamando. Ella tiene 13 y es la más predispuesta a trabajar, le gusta que le corrija en el momento; es una de las pocas que lleva cartuchera. Surge la charla entre los chicos, de forma natural, y el docente se sienta en el escritorio. Quedan un par aún concentrados escribiendo. Entonces empieza a corregir mientras tanto algunos trabajos, los demás quedarán para su casa. 
De Malvinas poco y nada. Nico pregunta por la guerra y que qué carajo tiene que ver con el cuento. Nico se la pasa puteando y es muy ansioso, hace juego con el docente. Tiene letra extremadamente prolija, todo el tiempo dibuja bicicletas “planchadas”, de esas que parecen motos choperas. Usa visera como varios de sus compañeros, se hace respetar. “Es que la pendeja a la mascota le había puesto Malvina porque en ese momento era la guerra, boludo…” El que habla es Maty Ferraro. El docente no interviene porque es un compañero el que está explicando. Pero cuando termina, retoma lo dicho y pregunta, se da cuenta de que la mayoría desconoce el contexto histórico de la guerra. Habla un poco sobre el tema, están atentos. Hoy es un día suave, parece otro curso. 
Suena el timbre pero algunos se quedan adentro escuchando música, otros graban su nombre con liquid en el banco. Nico se llama Nicolás Saldías pero está todo el curso y su carpeta tapizada con “Nico Flow”. En menos de diez minutos ese profesor habrá salido de la escuela con la mitad de las hojas para corregir, con ideas para reformular la próxima clase, con el cuerpo cansado; pero motivado. Lo sepan o no, los pibes que hacía un mes le habían dicho que “no servían para escribir” estuvieron haciendo literatura.

La primera clase
“¿De qué habla el poema? ¿Por qué el poeta eligió un árbol como objeto?”, dice el docente en voz alta mientras algunos miran con cara de fastidio, otros están echados sobre el banco, uno no para de escribir en su celular y, en el fondo, Luciano habla en voz alta con un compañero como si estuvieran negándole la existencia un tipo de treinta, que viste camisa a cuadros y pantalón de vestir. Se para la clase. Veinte minutos antes la secretaria de este colegio de Munro lo había presentado como “el nuevo profesor de Prácticas del Lenguaje” que tendrían hasta fin de año. Los chicos lo medían en silencio; él –que creyó simular– también los medía. Dieciséis chicos de entre 13 y 17 años, la mayoría con ropa deportiva, visera y piercing simulando un lunar. Eran las dos de la tarde y el sol entraba de lleno. Las paredes del aula, como los bancos, son un palimpsesto de firmas que iban desde “Nico Flow”, “Seba la chupa”, “Tense aguanta Chaca corre”, hasta “Yami te amo”. Después de una breve presentación sobre lo que trabajarían durante el año, y todo lo que pensaba hacerlos escribir hizo hincapié en el “no uso del celular en clase”. Les repartió un poema de Gelman y lo leyó en voz alta. Varios se rieron pero no le importó. Tenía una batería de actividades con él, había imaginado que surgiría un debate acerca de la política y en su mente imaginó que saldría de ese curso habiendo propiciado un ágora escolar. Todo cerraba perfecto. 
Pero nada de eso pasaba. Cuando les repartió el poema, todos bufaron. Algunos le advirtieron que no lo intentara. ¿Cómo? Sí, que no intentara hacerlos leer, que media carilla era mucho; y que todo eso que les había dicho que harían: “Ni lo sueñe, profe, usté está loco”. Habían pasado veinte minutos y excepto Macarena, ninguno le estaba prestando atención y cada vez eran más los que miraban su celular, o hablaban entre sí. Macarena preguntó algo acerca de la memoria y lo quiso relacionar pero fue imposible escucharla. Entonces estalló y paró la clase, clase que en realidad nunca había comenzado. Insistió en el respeto y en escuchar al otro. Pero todos piensan, y no sin razón, ¿vos quién sos?, ¿sabés cuántos como vos pasaron por acá? Lo supo después, ese día no lo pudo ver: ellos estaban ahí esperando que él no los traicione como tantos otros

Persuasión y coerción
Unas semanas después están todos leyendo un cuento de una carilla que les acaba de repartir; es un autor que a él no le gusta pero pensó que a ellos los podía convocar. Todos leen menos uno: Luciano. Al principio se resistieron un poco pero cada vez menos. En el primer taller de escritura que propuso la mayoría escribió cinco renglones, le pareció un fracaso. “Es así, olvidate del programa, esa escuela es un caos, yo trabajé. El director no está nunca y los pibes son un bardo,” le dice un amigo que le lleva varios años de ventaja al frente de cursos. Después de ese primer día hubo que replantear todo, poner todo en duda menos algo: la finalidad de que él estuviera ahí. Primero se sorprendió de que la autoridad máxima en ese colegio fuera la secretaria, porque tanto el director como su vice eran un fantasma. Después se deprimió cuando comprobó lo poco que habían hecho el año anterior; y lo que era peor, que de marzo a fin de abril, cuando él tomó las horas, no habían tenido reemplazo. 
Otro colega, no sin cierta ironía, le había dicho “Bienvenido a la escuela pública de provincia, acá hacé lo que puedas pero no te desangres, no vale la pena”. En ese momento tuvo un deseo muy fuerte: que la Secretaria de Educación que le había “otorgado” ese curso, pudiera sacarle la licencia de por vida a ese sujeto que se hacía llamar colega. Después respiró hondo, y recordó el verso de un poeta argentino: negociar todo por lo innegociable*. ¿Cuál era el propósito de que él estuviera ahí y no en otro curso de escuela privada? Que los alumnos puedan avanzar un paso en su lectocomprensión, pensó; contribuir a mejorar su trayectoria escolar. Nada más simple y complejo que eso. 
“No te das cuenta que este te come la cabeza para que labures,” le dice Luciano, empeñado en llevar la bandera del bardo, a un compañero unos días más tarde. Y tiene razón; la persuasión había funcionado, en parte. Con el correr de los días se había instalado cierta dinámica de trabajo: lectura, análisis y escritura. Cada clase como una unidad, por si uno falta que pueda sumarse y no quede colgado. “Dale, dejate de joder y dame bola”, le insistía al compañero ya a los gritos. Hasta que fue demasiado el quilombo que estaba haciendo. Nada de eso hubiera pasado en la escuela privada o en su antigua escuela secundaria, un colegio municipal clasemediero con la gobernabilidad garantizada. No tenía herramientas o experiencias propias que lo pudieran ayudar. Ninguna herramienta le habían dado en las dos magras materias pedagógicas que había cursado en Puán. Los profesorados provinciales tampoco eran la solución: siguen viendo al análisis sintáctico como algo fundamental para la formación cívica de los adolescentes. Y ahí estaba Luciano tomándole prueba a este recién entrado. ¿Qué hacer? Fue en ese instante cuando se escuchó decir: “Cortala, no te das cuenta de que quieren leer, si no la cortás te hago un acta”, tibia nieta de la otrora amonestación. “¡¿Que qué?!” 
Eso, le dijeron después, era un recurso que en esa escuela no se utilizaba por cierto miedo, “para evitar problemas…”. Se lo dijo la secretaria mientras él firmaba. Cuando volvió al aula Luciano había hecho una carta en la que decía que el docente lo había insultado: él también podía hacer actas. Era el más grande de la clase y ostentaba cierto rol de liderazgo. Mientras el docente pedía que los chicos leyeran uno a uno lo que habían escrito simulando que no le hacía mella, Luciano pasaba banco por banco pidiendo insistentemente que firmaran, mientras soltaba por lo bajo que conocía a la barra de Colegiales. Firmaron seis. “¿Qué querías que hicieran?” le dijo después su amigo docente más experimentado. “Si el pibe es el más grande, son ellos los que después comparten el recreo, ponete contento que más de la mitad le dijo que no. Apenas te conocen, algo bien habrás hecho en estas tres semanas. Además, relajate, no pasa nada.” Y así fue: no pasó nada.

Las condiciones materiales
Están en la "biblioteca"; es la mitad de una sala compartida con secretaría, sin paredes que la dividan. Están viendo una película ambientada en Bolivia durante la Guerra del agua (2003) que habla a su vez sobre La Conquista, de ayer, de hoy y de las resistencias. La película se mezcla con la charla de las secretarias y algún comentario que hacen los chicos. La concentración no es fácil y nuestro docente lo sabe. No son las mejores condiciones, no hay "clima de película". Y piensa en cuáles serían las condiciones óptimas para un aprendizaje, pero llega a una rápida conclusión: no existen. Se tiene que trabajar con lo que hay. Es la primera vez que salen del curso, el docente tiene cierta incertidumbre respecto de cómo se portarán "afuera". Una semana antes había sido plebiscitado su cargo a manos de Luciano. Pero ahora se enganchan y le otorgan a él cierta legitimidad, que recibe como una palmada, inesperada, en el hombro: “Profe, con usted se portan bien,” le dirá la bibliotecaria cuando termine la película y todos se hayan ido al recreo. 
Al guardar el DVD se pone a investigar la biblioteca, que rebalsa de libros nuevos, todos con el sello del Ministerio de Educación de la Nación. Y se acuerda de la biblioteca desnutrida de su secundario, a la que había que explorar mucho para poder sacarle algún libro que valiera la pena. Ahí, en una escuela disfuncional y semi desmantelada de Munro, estaban todas las obras completas que le hubiera gustado tener a disposición en los noventa. En esa escuela sin directivos, sin proyecto y sin sentido de pertenencia por parte del cuerpo docente, los sábados funcionaba un Centro de Actividades Juveniles, con talleres de arte, deporte, educación ambiental, ciencia y comunicación. Todo gratis financiado por el Estado Nacional, en su mayoría en escuelas de “población vulnerable”, para intensificar aprendizajes y ampliar la propuesta educativa. ¿Quiénes eran los que daban esos talleres? ¿Hubiera podido modular con alguno? ¿Por qué nadie le había comentado de esa inciativa? 
Son las tres de la tarde, baja las escaleras y sale caminando. Está relajado, hoy siente que se pudo trabajar, que los pibes pudieron aprovechar un espacio para hacerse alguna pregunta y ejercitar la escritura. Recuerda la frase de Freire: que no hay nada mejor que una pedagogía que propicie preguntas más que respuestas, que la pregunta es la madre del empoderamiento, y blablablá. Entonces, ¿cómo hace el Estado para saber si un docente tiene las herramientas para trabajar con un grupo de chicos reales y no “los que imagina que deberían ser” o en caso de no tenerlas si las intentará construir o dirá a la primera de cambio “no se puede”? ¿Quién evalúa? Hay que decirlo: es un error haberle regalado el concepto de evaluación al neoliberalismo. Habría que poder evaluar si un docente tiene o no la voluntad de trabajar con y por los jóvenes, y si considera que pueden aprender. Claro, tenés que bancarte un paro de dos meses para reformar la carrera docente Y eso, ¿qué ministro, qué gobierno se lo banca?

Mesa de examen
En diciembre le toca compartir la mesa de exámen con otros dos cursos. Del suyo se la llevaron 4 y se presentaron 2. Reparte una copia del examen que tiene dos carillas y se sienta. La profesora de tercero tiene su misma edad. Llega tarde, apurada y copia 4 preguntas en el pizarrón: “¿De qué trata el cuento x? ¿Cuáles son los personajes principales? ¿Qué tipo de narrador tiene? Y ¿Qué tipo de cuento es?” Cuando termina dice “chicos copien el examen”. Los profesores están sentados sin saber de qué hablar. Hace calor y el ventilador hace lo que puede. Nuestro docente pretende ponerse a leer pero la de tercero le pide una copia del examen “para mirarlo”. Ah, no… ¿vos sos nuevo acá no? Le dice con el tono de quien te está haciendo un gran favor porque derrocha sabiduría: “Esto es muy difícil para ellos. Acá tenés que dar cosas más fáciles.” Nuestro docente vuelve a perder la paciencia como si un millón de pibes con su celular encendido hubieran entrado en malón al curso para dejarlo ciego por última vez, o mejor, iluminarlo: “Mirá, no sé de qué dificultad me hablás porque en segundo eran 16 y se la llevaron 4. Y les tomo lo mismo que vimos durante el año, o sea que si doce compañeros de ese curso pudieron resolver…” Pero se da cuenta de que está hablando demasiado fuerte, y la “colega” lo mira como quien escucha hablar en ruso. 
Algo que le contaron: después de la crisis de 2001 se realiza el Operativo Nacional de Evaluación y obviamente dio muy mal. Sin sorpresas, los resultados más bajos se dieron en escuelas de población vulnerable y viceversa. Hasta ahí nada nuevo, pero se detectaron 15 escuelas repartidas en todo el país que se corrían de esa norma esperable. Habían obtenido resultados altos, a pesar de ser parte del sector más castigado. Un equipo del ministerio las fue a visitar, una semana entrevistando a la comunidad educativa de cada una. Al cruzar la información no surgió nada distintivo. ¿Cómo podía ser que una escuela del Conurbano hubiera sacado unas de las notas más altas y otra a dos cuadras, con la misma población, los mismos sueldos, los mismos recursos materiales, notas muy bajas? Lo único que tenían en común estas 15 escuelas entre sí, lo único que las diferenciaban, era un aspecto cualitativo: la comunidad educativa estaba convencida de que los jóvenes iban ahí para aprender, de que podían aprender. 
Dos horas más tarde sale del colegio por última vez en el año. Su mente es una máquina de rumiar: el Estado debería poder detectar si un docente desconoce su rol político en el aula, o si es racista, ¿pero cómo? Desde el año 2006 la educación es un derecho y eso compone un cambio de paradigma. Pero de hecho, hay aún un sector no menor del cuerpo docente que entiende que la inclusión se opone a la calidad. Un docente es un funcionario público y su función no es neutra; exige una toma de posición. “No puedo ser profesor en favor de quienquiera y en favor de no importa qué.” Recuerda esa frase de Freire y piensa: debería estar grabado con cincel en cada escuela del país.

*Dulce cabroncito, impío vástago
por si debe sértelo dicho otra vez
acá queda dicho otra vez lo que debe
serte dicho una y otra vez: negociación
para un fin no negociable, negociar
todo por lo innegociable. Inflígete
esta consigna en la carne, grábatela
en la frente con una púa de tocadiscos
calzate otra vez las botas y regresá
a la estrella de la que viniste.

(Martín Gambarotta)

martes, 1 de diciembre de 2015

CUANDO LOS SATÉLITES NO ALCANCEN

Después del resultado adverso del balotaje, les dejo una reflexión sobre el futuro del kirchnerismo, de mi compañero y amigo Tomas López Mateo.

Pasó una semana desde que sabemos que el próximo presidente será MM. El resultado de las elecciones, por marginal que fuere, es innegable: los argentinos hemos decido democráticamente darnos un gobierno de derecha. Gobierno que sabemos que no vacilará en privilegiar los intereses de aquel “círculo rojo”, eufemismo para los representantes de las grandes corporaciones y de los poderes concentrados.
Tiempo de autocríticas para aquellos que pertenecemos al campo Nacional y Popular, para aquellos que militamos activamente, para aquellos que nos sentimos interpelados por el proyecto político y modelo de país que comenzó en aquel 2003. Sin caer en luchas intestinas ni criticas despiadadas por un mero resultado electoral, pero sin obviar una revisión de los errores y excesos cometidos durante estos últimos años, la autocrítica se hace indispensable si queremos volver a ganar la confianza de la mayoría de la ciudadanía. Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en esta derrota. El paso atrás que dimos es culpa de todos, pero de acuerdo al tamaño de responsabilidad política que tiene cada uno. No lo olvidemos.
¿Momento para “resistir con aguante”? Quizá. Pero más que nada es momento para organizarse, reagruparse y no quedarnos solos o atemorizados por lo que vendrá. Momento para salir nuevamente a las calles, a las fábricas, a los comercios, a las escuelas, a las oficinas, a las universidades, adonde sea que se tenga que dar la discusión, adonde sea que haya alguna persona que no nos acompañó el domingo pasado, pero que será igualmente perjudicada por las medidas económicas del futuro gobierno macrista.
Se trata de la batalla cultural después de todo, esa que creíamos estar ganándole al neoliberalismo. Los AHORA 12 no contribuyeron a nuestro favor en esto. El consumismo no puede ni debe ser un valor en sí mismo para cualquier proyecto político progresista. Sostener la demanda efectiva en momento de crisis constituye el ABC de cualquier manual económico keynesiano, pero el consumismo fomenta el individualismo y tarde o temprano nos pasa factura. El que se compró un televisor nuevo ahora exige otro, el que consiguió tener por primera vez un auto usado ahora quiere un 0, el que se fue de vacaciones a Pinamar ahora sueña con Miami… todos deseos asequibles, pero que deben ponerse en contexto. Lo primero debe ser atender las necesidades de los más postergados y generar las condiciones para el históricamente truncado “desarrollo”. Si el discurso desde el poder gubernamental no es lo suficientemente claro en esto como para que todos lo comprendan, es imposible continuar en la senda de la justicia social.
Sea como fuere, la autocrítica deberá preceder a la resistencia y la resistencia a los tiempos más venturosos. No es momento de bajar los brazos, todo lo contrario, bienvenidos a la militancia sean todos aquellos que el domingo pasado se lamentaron y putearon por el gobierno oligárquico-liberal que se nos avecina. Pero no olvidemos lo que decía aquel hombre que nos marcó el camino: “las elecciones se ganan y se pierden, lo que no se ganan ni se pierden son la ideas”.


martes, 24 de noviembre de 2015

Atención lectorxs y escritorxs

Les dejo un texto clave, de lectura imprescindible. Disculpen la desprolijidad de la presentación.


Nuevas batallas por la propiedad de la lengua



Por Marcelo Cohen

Este texto es el resultado de la enmienda y el desvío de otro
que escribí hace un año para un coloquio sobre exilio y literatura argentina.
No crean que intenté sacar ventaja. Pensando en el famoso lema de Joyce,
“exilio, silencio, astucia”, por un momento se me ocurrió que un buen título
para esta crónica sería <p>Del exilio del traductor como arduo pasaje a la</p>soltura. Sólo que entonces me acordé de Cabrera Infante, un tristísimo
caso de privación forzosa de la lengua y el lugar amados, y decidí ser más
prudente. Si trabajé sobre ideas anteriores es porque escribo y traduzco y
porque a veces pienso que, quizá más aún que escribir, traducir provoca en uno
dulces o ácidas y siempre interesantes perplejidades sobre el lenguaje, el
entendimiento y la política, el exilio como condición existencial generalizada
y las verdades y falacias de la identidad. Pero nunca he conseguido abstraer, y
menos teorizar. Creo que la única forma de ir al grano es atacar la enésima
variación de algunos episodios. Llegué a España en diciembre de 1975. No me
había ido de Argentina por miedo ni en un peligro mayor que el de cualquier
militante político de superficie. Tenía una sensación de asfixia, proveniente
de algo más que el ascenso de López Rega y las tres A, aunque no me lo
confesara, y quería viajar durante uno o dos años. Estaba lleno de Hemingway y
de Blaise Cendrars. Tres meses después fue el golpe de Videla. Viví en
Barcelona hasta enero de 1996. Desde luego, es una patraña que veinte años no
son nada. En esos veinte años me enamoré e hice parejas que después se
rompieron, aprendí tres idiomas que no conocía, gané amigos y a veces los
perdí, viví en ocho barrios diferentes, leí a la mayoría de los escritores que hoy
cito más a menudo y vi las películas y escuché la música que hoy prefiero; tuve
empleos y subsidios de desempleo; jugué campeonatos barriales de fútbol,
escribí en la prensa y participé de un ateneo de pensamiento libre; traduje más
de sesenta libros, la mitad muy buenos, y escribí doce; esas dos décadas
hicieron del joven maximalista argentino de clase media judía un impreciso
precipitado de nutrientes de otras personas, libros y acontecimientos surtidos.
Llegué el 12 de diciembre de 1975. Tres semanas antes, el 20 de noviembre,
había muerto Franco. No voy a exprimir la memoria para componer un extracto de
todo lo que vi surgir a chorros después de que saltara el tapón de la
dictadura. Hoy casi todo ese frenesí de vida cuajó en la estasis de una sociedad
de satisfacciones súbitas y malestares digeribles, como cualquier sociedad de
módica abundancia. Pero me acuerdo que en el comienzo, una tarde, vi desde una
ochava que una manifestación por la autonomía de Cataluña confluía con otra por
la libertad de los pájaros que se vendían en las Ramblas y otra más de
Comisiones Obreras, y de que esa misma noche, en las Ramblas, me arrastró un
tropel de travestis que desfilaba entre dílers, solapados carteles de las
Brigadas Rojas e impunes puestos callejeros de siete y medio. Me acuerdo que
una revista cultural en donde escribía. “El viejo topo”, cambió de orientación
cuatro veces en medio año, de la autonomía obrera a la afirmación de géneros al
anarquismo surrealista a la ética foucaultiana. Me acuerdo que cada semana se
publicaban traducciones recientes de libros relegados durante años, de Dylan
Thomas a Alfred Döblin y de Gérard de Nerval a Guy Debord. Me acuerdo del
erotismo que embriagaba cualquier emprendimiento editorial, cotidiano,
periodístico, político o recreativo, como ir a un concierto de rock. La
exaltación que me causaba este carnaval se multiplicaba por el hecho de que,
por la doctrina consuetudinaria del transterrado, yo imaginaba que sólo me
comprometía en porción mínima. El involuntario subterfugio consistía en creer
que mis compromisos verdaderos estaban en otra parte, allá, en mi país, y en lo
que el horror de mi país despachaba hacia España. Una noche me llamó por
teléfono un amigo de infancia que no veía desde hacía lo menos diez años.
Estaba con la mujer en el aeropuerto; dos días antes habían matado a su
hermana, militante como él de la JP, y no sabía adónde ir y no tenía la menor
idea de qué era Cataluña. Me acuerdo de que se pasaron una semana sin salir del
cuarto que les conseguí. Llegaba gente que se había sumergido en la
clandestinidad y el matrimonio casi desde la adolescencia, antes de haber
conocido bien la calle, y recordaba con lágrimas una Rosario o una Buenos Aires
que desconocía. Aparte de la rabia y el desconsuelo de la derrota había desesperación,
dolor, añoranza de amparo familiar y hasta de una forma familiar de desamparo.
Pero todo esto la España de la transición lo absorbía en su caldo efervescente,
tendía a disolverlo, lo perfumaba, lo metamorfoseaba. Era una situación de una
ambigüedad irritante, y a veces ridícula. No duró mucho más de dos años; tres,
quizás, hasta que la democracia logró institucionalizarse, España acató su
papel geopolítico y empezó el lento rumbo al liberalismo concentracionario.
También ese proceso lo seguí con algún desapego; pero no demasiado, porque
entretanto muchos habíamos reaccionado a la derrota argentina con un
contraaprendizaje acelerado. El clima libertario de la España de fines de los
70 lo había favorecido: una
casi inmediata crítica de la ideología, que en mi caso comprendía no sólo el
leninismo, todos los socialismos reales y la filosofía de la toma del poder,
sino los apéndices locales de porteñismo integrista, machismo familiero,
verticalismo militarista, violencia sexual, sentimentalismo, culto de la pasión
impúdica, represión pequeñoburguesa generalizada. Todo esto iba a
decantar en un programa de ampliación de la conciencia, de intento de
destrucción de los paradigmas, que estuviera a la altura de un urgente deseo de
independencia. El programa iba cuajando en eslóganes fragmentarios. En la idea,
por ejemplo, de que no se trataba de cambiar la realidad para poder seguir
siendo como éramos, sino de cambiar nosotros para hacer posible otra realidad.
O más adelante aún: en la certidumbre de que ese cambio conllevaba reconocer
que uno no se pertenece, que cada vida o biografía es una forma pasajera y
mudable de algo que la antecede, la posibilita y la disipa al cabo, que salimos
de una corriente intemporal, indiferenciada, cuyas otras formas deberían ser
objeto de trato cuidadoso. Lo que yo no había asimilado todavía, es que esta
condición nos pone más cara a cara con la responsabilidad. Por cierto,
irresponsablemente, después de aceptar diversos trabajos más o menos típicos de
exiliado joven, acepté la traducción de un libro que me ofrecieron por
intermedio de un amigo. Traducir me parecía digno, entrañaba aceptarme como
hombre de letras más que como narrador aventurero y en general me parecía una
prueba mental absorbente. En revistas literarias argentinas creía haberme
fogueado traduciendo poetas beat y cuentos de ciencia ficción y sabía
suficiente latín para posar de una necia suficiencia. Me di un golpe. El libro
que me encargaron era una biografía de Indira Gandhi y cuando salió criticado
el reseñador opinó que estaba traducido en un “español descuidado a más no
poder”. Me chocó que la acusación solapada de barbarie descansara en un giro,
“a más no poder”, que usaba mi madre y yo creía argentinísimo, y más me chocó
tener que plantearme en el futuro, si quería sobrevivir, qué era un descuido
del español y qué no. Comprendí rápida, casi atolondradamente, que nadie que

piense con frecuencia y alguna profundidad en el lenguaje puede no desembocar
en la política, o cambiar su manera habitual de pensarla. Y empecé a entender
por qué algunos visionarios, como William Burroughs aseguraban que el lenguaje
es el instrumento más eficiente de control de las conductas y la sociedad; pero
un control que se ejerce no sólo desde afuera, por medio de los eslóganes políticos,
publicitarios, informativos, educativos, sino desde uno mismo; desde las
ilusiones constrictivas, el proyecto que somos desde que nacemos y el miedo a
no cumplirlos, las redes neurales de la ideología. Por desgracia, mi primera
reacción fue parapetarme en la devoción por mi lengua uterina. Pero dentro del
brete de ganarme la vida como traductor profesional en España. Mientras, apenas
terminado el período de crítica del izquierdismo irredento, y como para
rematarlo, un día, en el bar de la esquina de mi casa, iba a ponerme a
conversar con un argentino que resultó ser el Osvaldo Lamborghini. Quiero hacer
un homenaje a este escritor tremebundo. Por entonces leí La causa justa,
donde, como se sabe, un japonés que vive en Argentina termina haciéndose el
harakiri porque no puede sufrir que en vez de palabra de honor los argentinos
tengan una chistografía, y me di cuenta de que la literatura aberrante de
Lamborghini –como sólo quizá la de Puig— era la iluminación del carácter
pornográfico de la política argentina, que a su vez era la manifestación de la
mente argentina. Él era un hombre irascible y muy incorrecto. Una mañana de
1983 subió a mi casa, tocó el timbre, entró y sin pedir permiso pispeó mi
máquina de escribir, donde mediaba una traducción del Fausto de
Christopher Marlowe. “No lo vas a traducir al gallego, ¿no?”, me dijo, y
discutió cómo podíamos colarle a la floreciente y jactanciosa industria
editorial española las esquirlas subversivas de una literatura periférica. Me
exigió que leyera Kafka, por una literatura menor, el libro de
Deleuze, y que releyera con más cuidado algunos ensayos de Borges, sobre todo<p>Los</p>traductores de las 1001 noches. De esa manera psicopática pero efectiva,
situó las tensiones de nuestro exilio en su meollo, la lengua, de donde para mí
ya no iba a moverse, con lo que otras cuestiones se resolvieron casi de un
plumazo. Incluso me beneficiaría a la larga de otro modo, creo que contra su
voluntad. Porque ya entonces,
aunque el temor reverencial me impidiera razonarlo a fondo, me pareció que
entre la condena de Borges al prestigio de la identidad, a lo que él llama “la
nadería de la personalidad”, y su afirmación férrea de las variantes locales,
de las traducciones irreverentes ante los mandatos verbales del Occidente
central, había una contradicción. Las políticas localistas del verbo
quizá contribuyan a la independencia de las naciones periféricas; pero, como se
vería a la larga, el hincapié en la singularidad nacional, religiosa o
lingüística es catastrófico. Sólo que Borges, era de tontos no advertirlo, no
patrocinaba una emisión anticolonial sino la recreación continua de la
literatura, para sortear la trampa de este mundo ilusorio, mediante la
transformación local de los giros heredados. En cuanto a mí, en realidad tenía
unas ganas muy insistentes de estallar, quizá para estar a tono con la
inusitada libertad contra la cual me estaba estrellando. Habían desaparecido los más firmes
dispositivos de encauzamiento: no tenía familia, no tenía partido, no tenía
carrera universitaria en marcha, ni trabajo ni pareja estable, sólo tenía
amigos, afinidades electivas, y ningún proyecto fuera de la literatura.
Como exiliado de escasos medios, aún indocumentado y libertario incipiente,
coqueteaba con una módica amoralidad. La fantasía de estallar culminaba en una
miríada de esquirlas heterónimas que resolverían el engorro de la personalidad
en una pérdida de mí, una diáspora que saltaría los límites de la percepción,
de la posesión, del simulacro, luego del temor del paso del tiempo. Por desgracia,
los dispositivos de encauzamiento, atrincherados en el superyó, se habían
concentrado en una insidiosa defensa de la identidad argentina, y a la menor
provocación me habrían acribillado con culpas. De modo que en el fondo me
sometía. El sometimiento consistía en una negativa maniática a españolizarme.
Tenía mucho de campaña de salubridad. Yo quería desintegrarme, sí, pero conservando la voz. Se sabe que
la Voz, con mayúscula, es el absoluto metafísico, la inabordable, inexpresable
realidad de que el lenguaje tenga lugar. Pero la voz que yo quería conservar no
era ese puro querer-decir que separa la cultura de la naturaleza, sino esa voz
segunda, específica y ya afinada, que si nos une a la fuente del ser es
solamente, suponía yo entonces, por la vía del origen biográfico; una huella
digital comunitaria. De ahí al culto a las raíces, tan perjudicial para quien
quiere despersonalizarse, no había más que un paso; pero yo no lo sabía. Lo
único que sabía era que mi voz pugnaba contra la gravosa atmósfera del español
peninsular. Yo era un extranjero en una lengua madre que no era mi lengua
materna. Desde el punto de vista de la lengua madre, con su larga prosapia de
integrismo, su centralidad imperial y teológica restituida por el franquismo,
su estolidez pulida por la Academia y su agonía en la tecnocracia, eran los
latinoamericanos los que “decían mal”; los argentinos, en especial, voseábamos
y, como ya dije, rezumábamos unos argentinismos que en la industria editorial
estaban malditos. Editores y correctores nos trataban con afable socarronería. En mi predominaba el escozor de un
permanente malentendido, de vivir en una lengua que no había desarrollado una
cultura de la sospecha, que no interpretaba; que, como decíamos, “no tenía
inconsciente”. Los españoles practicaban el refrán como si sólo pudiera
significar una cosa, ésa que el refrán decía, pero que implantaban a un sinfín
de casos. Confundían el presente perfecto con el pretérito indefinido
–decían “El año pasado he estado en Londres”—y no distinguían el objeto directo
del indirecto; se creían llanos pero pensaban sin precisión. Crucificaban lo
que habrían podido ser delicadas gamas de sentimientos en sentencias garbosas
pero pétreas. Los españoles y
yo decíamos cosas muy diferentes con casi las mismas palabras. En vez de
examinar estos malentendidos por las dos puntas (sopesando, por ejemplo, el
abuso jactancioso y cursi del eufemismo con que los argentinos creen emular a
grandes poetas que no leen), yo canalizaba cada malentendido en recelo, y al cabo
en desdén. Una vez le llevé fotocopiada a una editora el artículo del María
Moliner donde se dice que el pronombre “lo” es el correcto para reemplazar al
objeto directo y el “le” la excepción tolerada. Olímpica y justamente, ella me
explicó la noción de uso y no me llamó más. Estas y otras embestidas eran lo
que me aconsejaba el superyó de exiliado, que por entonces había impuesto una
idea del exilio a cualquier posibilidad de abrirme a la vivencia, o mejor a la
sensación. Ya se sabe que las ideas funcionan como cercos. La más extendida de
las ideas de Exilio se nutre y es origen de la obsesión de volver al país, con
la condición nacional lo más intacta posible, como fin rector de todo
movimiento (en este sentido suplanta muy bien a la de Revolución), y método
para recuperarse a uno mismo. Como relato personal dominante, que prescribe
desarrollos y finales pertinentes, la tensión de este propósito fomentar un
extrañamiento de lo real que en nada nos beneficia el entendimiento; un
extrañamiento espúreo, esclavo de la comparación constante. Había, desde luego,
una carga de rebeldía política en mi exasperación. El español ambiental me
alejaba de mi cultura, cuya lengua era una de las herramientas de su posible
emancipación; me mancillaba, me opacaba la voz, me anulaba como vehículo de una
particularidad. Como se ve, yo estaba inmerso en una lucha por la propiedad de
la lengua, y en los dos sentidos de la palabra propiedad. No sólo se trataba de dirimir a
quién pertenecía esa lengua sino quién la usaba mejor. Inevitablemente
estaba repitiendo el rencor de Sarmiento (“los españoles traducen poco, mal y
no saben elegir”) y los sarcasmos de Borges para con el doctor Américo Castro.
La disputa era acre, diaria, avinagrante, más trabajosa que el deber de
cultivar la memoria de un ambiente patrio, y las insignias de un pasado, para
que el relato que dictaba la idea del exilio no se rompiera en simples
episodios sin ilación. Yo me
sentía en poder, no de un imperio, sino de los detritos pasados por el
periodismo, los doblajes de películas, los anacolutos de los políticos, los
eslóganes publicitarios y la creciente, deprimente, tendencia de las grandes
casas editoriales a aplanar las traducciones – atenuando relieves estilísticos,
reduciendo y segmentando las frases con más de una subordinada— para facilitar
el acceso de los consumidores al libro. (Les pido un momento, por favor, para
revisar este proceso. La costumbre española de doblar todas las películas
extranjeras en vez de subtitularlas había acuñado formas básicas de la lengua
“traducida” que el público reconocía cómodamente aunque nadie hablara así. En
los años ochenta muchos traductores adoptaron esas fórmulas, que ofrecían
soluciones rápidas y reconocibles, y al cabo algunas editoriales decidieron
exigirlas. La serie de maniobras de arrasamiento de las particularidades
estilísticas se llamaba “planchado” del original. La consecuencia no
infrecuente era que en la prosa de gran parte de las traducciones españolas de
los ochenta, en especial las pagadas por los consorcios editoriales, la prosa
de Michael Ondaatje manifiesta una ominosa semejanza de familia con la Stephen
King. Los más surtidos personajes de los dos eran capaces, por ejemplo, de
decir <p>Da una de cal y otra de arena, Mira que eres cateto o ¿Qué es lo que</p>te está ocurriendo?” Y en esta mezcla de coloquialismo impostado y
estilismo cursi empezaron a escribir, esto era lo bárbaro, varios novelistas
incipientes que leían abundante literatura traducida y poca tradición de su
lengua.) Tantos motivos de querella me provocaron una erupción de
fundamentalismo rioplatense. La tensión entre los deberes del exiliado para con
su verbo raigal y la obligación de traducir para el idioma de la península
habría podido ser muy provechosa, como terminó siendo al cabo, si yo no me lo
hubiese tomado como una situación de guerra fría. A los enojosos plurales de segunda persona y los
diferentes nombres de las mismas cosas no me costaba adecuarme, porque en el
trato cotidiano ya era de hecho, no exactamente medio español, sino medio español
catalanizado. Pero estaban, sobre todo, las maneras peninsulares de ordenar la
oración, la cadencia del interrogativo y varios elementos más que señalaban una
diferencia capital, angustiosa, en la dicción, la entonación y la prosodia, es
decir en el temperamento de esa lengua con la mía. En esa diferencia me
solazaba. Era una diferencia abstracta, peligrosa, sublimada, pero basada en la
constatación justa de que las diferencias importantes entre el dialecto español
central y los dialectos sudacas no eran las léxicas, sino las relativas al
orden de los elementos de la frase y sus consecuencias en la entonación, al
escandido, a la preferencia por ciertos tiempos verbales y las respectivas
obediencias o desacatos a las normas y las tradiciones, por ejemplo la del uso
o no de la preposición en “debe de haberlo hecho él”. El taimado Ezra
Pound recordó que no existe ninguna lengua que contenga la suma de la sabiduría
humana; ninguna capaz de expresar todas las formas y grados de comprensión. En
vez de reflexionar sobre este adagio, yo sometía cada término con pinta de
posible argentinismo a un control de calidad que ceñía cada jornada de
traducción en un mareo de ebriedad delirante. A escondidas incluso de mi
superyó, entretanto, disfrutaba de la sutileza de grandes traducciones
españolas del momento, como las de Miguel Sáenz o Javier Marías, y les
envidiaba una riqueza que, lo sabía, sólo podía provenir de un trato más íntimo
con la parte menos reciente de la tradición central. Mi tradición debía incluir a Quevedo, pero también a la gauchesca argentina y las traducciones latinoamericanas de literatura
norteamericana. Dado que así vivía la traducción, como un lugar
asfixiante donde todos enjuiciaban la existencia de los otros, intenté paliar
la molestia ejerciendo el contrabando y la insurgencia lingüística menuda.
Pensaba que si practicaba injertos, desvíos, erupciones en el lenguaje que se
me imponía, quizá produjera islotes de realidad anómala, moradas frágiles cuyos
usuarios evitaran la condición ya fatal de consumidores, que era el nuevo
estatuto general de los oprimidos y del cual latinoamérica aún podía librarse.
Insistía en el pretérito indefinido, evitaba rigurosamente el leísmo, los
personajes de mis traducciones exclamaban ¡Flor de mentira!, como mi
abuela, acaso ¡Pedazo de mentira! y no ¡Menudo embuste!, como
mi tabaquera española, y en vez de Vale ponía De acuerdo.
Paraba obsesivamente la oreja en busca de la expresión coloquial más rara y más
cercana a las “nuestras” que las editoriales pudieran tolerar –camelo,
por ejemplo, o bochinche—y atesoraba términos del siglo de oro cuya
existencia el barnizado español actual ignoraba pero habían sobrevivido en la
ductilidad de nuestro sudaca --irse al mazo, sacar el pellejo-- o
palabras milagrosamente compartidas por el cheli madrileño y el lunfardo
porteño, como guita. ¿Hay que decir que me prohibía el verbo coger?
Mi meta, cuando el original lo posibilitaba, era una emisión elegante, a la vez
cosmopolita, zumbona y hogareña, sobre todo consciente de que la lengua es un
problema, más aún, de que el lenguaje es un desgarramiento, la incesante, fatal
pérdida del hecho que pretende capturar, la eliminación de lo que nombra, y que
en la traducción el problema se duplica. Este mejunje, que daba a mis trabajos
una textura levemente caprichosa, no produjo grandes reacciones. Algunas
editoriales seguían llamándome, otras me echaron flit discretamente y terminé
trabajando más que nada para dos empresas dirigidas por argentinos, Minotauro y
Muchnik, o para editoriales independientes como Anagrama, Icaria, la Lumen de
entonces. Para entonces ya tenía el privilegio de traducir a Martin Amis, o a
Clarice Lispector, incluso a William Burroughs, a Henry James nada menos, y en
la medida en que decrecía la autocompasión aumentaba la responsabilidad. Mi
siguiente subterfugio consistió en desplazar la inquina hacia el español
literario estándar de ese momento que, en pos de una narrativa de pura
historia, y del supuesto equilibrio de la forma, las reseñas periodísticas del
momento encomiaban como “lenguaje fluido”. ¡El equilibrio de la forma! Esa
gente no había leído a Gombrowicz. El elogio del lenguaje fluido era la bestia
negra de mi ser de escritor, y la campaña por la higiene de mi lengua íntima
irrumpió en una rabieta pública contra la lengua contaminante: un larguísimo
artículo en dos partes bajo el título de <p>Algunas cuestiones sobre la</p>propiedad del idioma, que se publicó –y esto habría debido hacerme pensar—
nada menos que en “La Vanguardia”. La primera parte se llamaba <p>Del</p>escritor como ablandador de zapatos, en homenaje de pícara melancolía a un
oficio, ablandar zapatos nuevos de gente rica, que algunos pobres extravagantes
habían ejercido en la Buenos Aires de los años 50. Muy en breve, decía que al nacer caemos en un idioma
como en un par de zapatos que nos adjudica el azar; que las primeras molestias
irritantes aparecen cuando queremos decir una cosa y nos entienden otra; que
sin embargo no es fácil resignar un signo esencial de pertenencia; y que al fin
uno se olvida que los zapatos le duelen y termina aceptando el lugar común,
porque permite tender lazos fáciles. Después acusaba a los escritores
españoles de haber claudicado ante el uso de un repertorio de invariables
útiles para protegerse de la intemperie o de andar descalzo, o sea defenderse
de la vida como la aborda la literatura. Los españoles usaban los zapatos
heredados como si se sintieran cómodos; se entregaban a la palabra
instrumental, confiados en la ilusión de su transparencia. Lo que distinguía a la literatura
latinoamericana, en cambio, era la conciencia de una incomodidad irremediable,
la constante duda sobre el uso correcto, el trabajo de insolentarse, la
sospecha de la palabra y de su emisor, la sensación de impertinencia, el
reconocimiento de toda voz sale por una máscara, de la dificultad y la
impureza; porque la literatura nacía de una insatisfacción y la única palabra
justa era la que atacaba el equívoco de la familiaridad. El inocultable
rencor, producto de la idea no del todo falsa de ser un proletario cultural a
sueldo de la industria lingüística de su madre, destilaba más claramente en un
pasaje dedicado a la difusa pero sostenida campaña que por entonces, época de
establecimiento y afirmación de la narrativa y la industria editorial
españolas, se había desatado contra las traducciones sudamericanas de los 40,
50 y 60, que habían alimentado a los lectores durante la penuria franquista y
ahora eran calificadas de burdas e insostenibles. No quiero entrar en esas
minucias recurrentes en las jornadas de traductores. Todos sabemos que cuando
un argentino dice “Voy a lo de Juan” debería decir, correctamente, “Voy a casa
de Juan”; pero pocas veces discutimos cuán sagaz es que esté asimilando el
“Vado da Giovanni” del italiano, e incluso el francés chez Jean o el
catalán can Joan; pero incluso. Tampoco importa mucho discutirlo; es un hecho.
Lo que importaba para mí entonces era que los escritores españoles no sólo
denigraban las traducciones sudacas llenas de expresiones como cuadra
(por calle) o durazno; también se negaban a pensar que millones de
lectores latinoamericanos no sabían qué era un melocotón o un chaval. Y así. Si
ocultamente esperaba alguna réplica, lo cierto es que no pasó nada. Tampoco
obtuve rédito, salvo una mórbida hinchazón del amor propio. A las semanas el
bulto era un hematoma, un derrame, y me sentía bastante idiota. Unos años
después, los fastos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América,
expresados en el español ecuménico del iberoamericanismo oficial, un idioma que
no habla nadie, iban a probar que la democracia de la simulación tiene muchas
cirugías para reparar las huellas que dejan en la lengua las literaturas y usos
populares y locales. Traducir era la vía idónea para disgregar ese simulacro de
unidad en un multiverso de voces simuladas pero particulares. El caso es que
después de mi manifiesto sentí por fin un lento estallido. No era el que yo
había deseado. Era una disgregación del romance con las leyes del desasosiego
que me organizaban la conducta. Comprendí que mi sentimiento del exilio era un
aparato superpuesto, implantado sobre una experiencia real de atención,
curiosidad y transformación cotidiana, fabricado por aprioris sobre la cultura
y la biografía. Ese aparato u objeto replicaba una larga serie de exilios
documentados, acumulando sobre sí la tradición y la historia, y trabajaba todos
los días en reproducirse a sí mismo. Muchas teorías, tradicionales y
contemporáneas, afirmaban la superioridad moral del ser individuado que puede
reconocerse en un relato coherente de sí mismo. Por mi parte, no sólo las
sensaciones sino también la memoria tendían a la discontinuidad; a veces
extrañaba mi país y en general, si quería ser sincero, no extrañaba tanto. El
presente no me daba tiempo para extrañar, y en vez de extrañar me inducía echar
de menos. La comida, los acentos de los amigos y los amores, la lectura del
diario, las letras de las canciones que cantaba, los olores que me salían al
paso o entraban por la ventana a cualquier hora del día, emociones adosadas a
una hora, un estado del tiempo y un rincón preciso de la ciudad: de todo eso
era tan actor como de mis recuerdos de adolescencia porteña. Yo era una
asamblea de delegados de tendencias surtidas que contaban anécdotas de tiempos
y escenarios disímiles, presentaban mociones contradictorias y discutían
respuestas a acontecimientos asincrónicos; y lo peor era que a veces una
facción entera abandonaba la asamblea. El silencio estupefacto que se hacía
entonces en mi interior delataba una falta de mando, de buró director, un vacío
central de poder. Sobre un fondo vaporoso aparecían elementos heterogéneos: la
máquina de escribir y la computadora, el voluminoso croissant español y la
pequeña medialuna porteña, miembro del rubro pastelero “factura”, el hule
grasoso y tajeado del asiento de un colectivo 60 y el camarote acolchado de un
tren AVE, el mediterráneo y el río Luján, la planta llamada Santa Rita y la
misma planta llama buganvilla, las patillas de Menem y las canas de los
dirigentes socialdemócratas. En mi relato más íntimo del exilio, si hubiera
habido algo así al alcance, el movimiento de regreso había perdido momento de
inercia. Para hacerse clara, la atención al presente me suplicaba una lengua a
la altura de su multiplicidad, del milhojas temporal y espacial que era cada
momento. Beckett se proponía hacer agujeros en el lenguaje para que a lo mejor,
al fin, con paciencia, segregase alguna verdad. Según Deleuze, escribir era
inventar una lengua extranjera que al entrar como viento en la lengua del
escritor la sacudía y a la vez desquiciaba todo el lenguaje. Y para Walter
Benjamin, después de Babel, de la dispersión, cada lengua vivía dramáticamente
su defecto de fondo, su carácter incompleto. Con esta batería de argumentos,
por entonces procedí a hacer mi trabajo cotidiano a la vez como ejercicio de
anulación de mí y como demolición de las constricciones. <p>¡A disgregar! ¡A</p>disgregar!, era la consigna, así, dicha dos veces. Exaltación. Entrega,
quimera de la pérdida de sí en la fusión pasajera con la palabra del otro,
etcétera. Estaba totalmente convencido de este programa. Sobre todo cuando
traducía autores muy contemporáneos. Tal era el gusto diario de ofrendar mi
lengua a la presión diversificadora de Alisdair Gray, de Kathy Acker, de quien
fuera, que llegué a la teoría de que la fidelidad de la traducción consistía en
idear una manera de traducir para cada libro. Fue una época rara en la que sólo
me importaban las frases, luego los párrafos, y trataba de informarlos con
furibundos zafaris al diccionario de autoridades, excursiones por Quevedo,
Larra, Sarmiento, Mansilla, Lezama Lima, la lírica del tango, las coplas
madrileñas, Onetti, Juan Benet, Arguedas, las traducciones de Lino Novás Calvo
y las de Consuelo Bergés, gran atención a las voces de los otros y una revisión
de la gramática que me acercara lo más posible a la parataxis. Pero no estaba
preparado. Y, como para corroborarlo, justo entonces salió en un diario
argentino una reseña de La vida de Jesús, una novela de Toby Olson que
para la periodista estaba muy bien traducida, decía ella, “por un españolísimo
Marcelo Cohen”. Todos los aspectos de la cosa me satisficieron enormemente,
desde el elogio hasta el sarcasmo, pasando por la ingenuidad argentina de la
reseñadora, que tomaba por españolísmo lo que era una mezcla personal. Más o
menos por entonces me tocó también traducir las memorias de Mezz Mezzrow, ese
judío que aprendió a tocar el saxo en el reformatorio, tocó con Armstrong y
terminó vendiendo marihuana en Harlem, y nada podría haberme complacido más que
el comentario de que había fraguado se dejaba poco pero al fin tenía un sonido
inconfundible. Lo que quiero decir es esto: el self, eso que se supone
que uno es medularmente, signo de identidad irreductible y término que algunos
se ven obligados a traducir como yo, es verdaderamente recalcitrante en su
apego a sí mismo y a la congruencia de los relatos sobre sí mismo o sobre
cualquier cosa en que se refleje, incluso si apela a voces de otros. Su astucia
más irreprimible, su codicia más sutil, es por supuesto el estilo. Y yo quería
un estilo de escritor y de traductor, y era muy pretencioso: quería una
argentinidad de incógnito y, digamos, una hibridez distinguida. Ahí estaba
entonces, de nuevo agarrado infraganti. Los españoles decían pillado.
El malestar y la revuelta con el español contemporáneo, la lengua del amo de
casa, la herramienta de castración del entendimiento, habían tenido un impulso
de liberación política. Pero con toda mi genealogía rioplatense y mi voluntad
joyceana de anarquía sexual de las palabras, había ido a dar en el deseo de
distinción, una de las lacras que pueden entregar al exiliado típico, como un
corderito, a un fascismo reflejo al del fascismo del que lo segrega. Si el
estilo es una avidez del self, y el arte de objetos como símiles del conocimiento
una estratagema de dominación, el self es el objeto burgués por excelencia. El
self es una falacia a posteriori; exactamente como el fetiche. “El self es la
pensión y los ahorros del rentista estático. ” Esto lo dijo Carl Einstein. Y
por eso Einstein pensaba que la “destrucción del objeto” practicada por los
pintores cubistas y por Malevitch no era una cuestión meramente formal sino la
destrucción de un orden social y epistémico, un orden burgués fundado en la
posesión, el individualismo y la ficción de cosas y sujetos constantes. No era
mi caso. En vez de dejar que por la herida del exilio fluyera una comunicación,
yo estaba construyéndome un lenguaje bien sólido. Como si la herida del exilio
pudiera cicatrizar alguna vez y blindarse, como si pudiera capitalizar mis
largas rencillas con el país de adopción y con el de origen, como si el exilio
no fuera para siempre. Nada bueno para la traducción, como se comprende. No
había nada que conducir, nada más que un producto de cadenas de causas que hacían
un presente. El bochorno de entender penosamente algo de esto, bien que a
medias, se resolvió en un paso hacia la apertura, un atisbo de soltura. Sólo un
atisbo. Pero uno es incorregible. Cuando volví a vivir a Argentina, mi soltura
interior se complacía en comprar tanto zapallitos como calabacines, según
decidiera el motor lingüístico encendido en el instante, y en injurias
excéntricas, como el anticuado porteño Hacete hervir o el encantador
andaluz Que te folle un pez. En las traducciones me iba a hacer falta
un esfuerzo de discernimiento, pero concibiéndolas como espacios transitorios
podía hospedar gran cantidad de matices y acentos. Por supuesto, en seguida me
di cuenta de que el deleite de usar localismos argentinos, lunfardo,
eventualmente el voseo, se enturbiaba porque muchas veces la mejor solución, e
incluso la más placentera, era un españolismo; pero esta esquizofrenia
dialectal sólo desbarataba más cualquier ilusión de pertenencia plena. Ahora
bien: si el regreso no existía, tampoco es que la abundancia fuera una
solución. La gama de posibilidades expresivas que había acumulado sólo servía
para jactarme de un desajuste, ahora con mi país. De muchos desajustes. Porque
no tardé nada en enredarme en malentendidos nuevos. Huelga explicar que la lengua de la Argentina de hoy
no es la de Mansilla, ni siquiera la de Walsh. Es un repertorio de sampleados
del periodismo, la publicidad, el show político, la cultura psi y los desechos
de un argot de calle planchados por la clase media, donde no juegan exiguo
papel las traducciones españolas y los subtitulados y doblajes centroamericanos
de series de televisión. Hoy los argentinos tienen piscinas en vez de piletas, los camareros
desean buen apetito en vez de buen provecho, las recepcionistas y conserjes
dicen “aguarde” en vez de “espere” (porque les parece más refinado), pero el
léxico general es angustiosamente corto. Son comparativamente pocos los
que manejan las subordinadas. Profesionales liberales y bastantes escritores
ignoran algunas reglas de consecución temporal, como la del pretérito
indefinido con el pluscuamperfecto, de lo que se desprende un acalambramiento
de la memoria y el presente. Y aunque uno intente abrevar en la idiosincrasia
de esos usos, asimilarlos con un respeto algo comedido, estoy seguro de que mis
traducciones no suenan menos raras de lo que sonaban en España. Lo hago adrede,
claro. No es una veleidad. Es otra vez el intento de que el cuerpo de las
traducciones de en periodo sea un lugar, un espacio sintético de disipación de
uno mismo en una cierta multitud de posibilidades, de comprensión de la
identidad como agregación. Pero no un lugar enajenado, ni protector, ni
preservado; porque si algo concluí de tantas escaramuzas es que un espacio
hipotético se vuelve banal si no se ofrece como ámbito de reunión, de
comunidad, de ágape; si no intenta crear tejido fresco en el gran síntoma del
cuerpo extenso que somos. Creo
que lugares así, traducciones o ficciones digamos peculiares, son también
encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales pero
siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada
vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa. No deja de
sorprender cómo nos hemos habituado a conceder que odio y violencia contribuyen
más que el amor y la paz a estructurar las relaciones sociales. Pero más
sorprendente aún es la difundida resistencia a pensar que el clima de tensión,
terror y amenaza que envuelve al mundo pueda relacionarse directamente con la
defensa cerrada de la identidad, la de cada uno o cada grupo, y el desmesurado
culto de la memoria. Identidad, quiero decir, ilusoriamente considerada como un
componente basal único y no elegido, en cuya persistencia va el sentido de la
vida del sujeto y cuya defensa requiere mantener a distancia y a raya a todo
aquel que puede erosionarla, entorpecerla, importunarla o modificarla, y si es
preciso comérselo y evacuarlo, o suprimirlo sin más. Identidad como etnia,
tradición, nacionalidad, religión o filiación política excluyente, para
empezar. Como por ahora no se ve que ni grupos importantes ni demasiados
humanos en particular vayan a aceptar que en el fondo, como dicen ante los
muertos, no son nada, algunas de las voces astutas que el planeta escucha, como
la del premio Nóbel Amartya Sen, sugieren atender a que la identidad de un
humano o un grupo, lejos de ser una esencia fatal, es siempre un agregado
–algunos dirían un constructo—, y que muchos de sus componentes provienen de
elecciones o adherencias azarosas. Una identidad puede cambiar con el tiempo,
aun contra la voluntad del sujeto, e incluso sin que el sujeto lo advierta, y
más cambia a causa de decisiones razonadas; el compuesto se diversifica. En el
mero plano social, por ejemplo, nos movemos con un portafolio de identidades a
las que nos referimos según el contexto (género, clase, oficio, trabajo, raza,
opiniones políticas entre otras), y la relevancia que damos a una u otra
modifica la conducta. Sen sostiene que la negativa a aceptar la diversidad
interna de las identidades es un error que une a los publicistas del choque de
civilizaciones, los comunitaristas, los fundamentalistas religiosos y hasta los
teóricos de la cultura, y que la ilusión y la imposición de un sello
identitario único, que crea sensación de destino, fatalidad e impotencia, es lo
que en el fondo alimenta una ira y una violencia que se descargan en el otro.
No cito a Sen porque quiera meterme en un asunto que hoy profundizan muchos
artistas y estudiosos, a saber que la traducción permite cotejar y renovar las
ideas propias con el lenguaje del otro, sino porque la observación de que Yo y
el Otro somos cada uno una pequeña multitud toca las fibras nerviosas del arte
de traducir, del oficio del traductor, y me parece que, al tiempo que
intensifica los dilemas, la responsabilidad, las perplejidades, abre una
rendija de libertad. Tomemos la visitadísima disyuntiva entre la traducción
hipotéticamente neutra y la traducción localista, idiosincrásica o por así
decir soberana. Las periódicas muestras de fastidio crítico de lectores
argentinos más o menos expertos contra las traducciones españolas, la acusación
indignada de ineptitud o colonialismo por el uso terco y, se dice,
malintencionado de palabras como <p>gilipollas, majareta, o expresiones como a</p>mí me la trae floja o acabó como el rosario de la aurora, que les
impedirían gozar del texto, no sólo son reflejos de la intolerancia ignorante
de los expertos españoles de hace años a aceptar la diversidad interna de su
lengua; no sólo pasan por alto que la invasión de nuestras librerías por sobras
de la profusa industria española es un asunto de acumulación capitalista y
suerte geopolítica, y de una decadencia de nuestras editoriales en la cual
alguna culpa, además de la dictadura y el capital, han tenido sus propietarios.
Además de todo esto, esas quejas eluden un nudo acuciante de lo que, si valiera
la pena elaborarla, podría ser una estética política de la traducción para
estos tiempos. Dentro de la despótica prosa mundial de Estado en que se expresa
el continuo de eslóganes publicitarios y políticos, relatos míticos de la
industria del entretenimiento y ficciones informativas que nos condicionan, la
sociedad del espectáculo ha incorporado, por afán totalizador y para que se
ocupe de temas humanos como la angustia, la belleza, la muerte, etcétera, lo
que la crítica llama “literatura internacional”; la condición básica de las obras de literatura
internacional es que son eminentemente traducibles. Creo que como
réplica a esta trampa, en su cíclica revuelta contra los sometimientos y
condiciones, hoy el espíritu negativo de los escritores se empeña en asimilar
la literatura independiente, es decir la literatura a secas, con una
resistencia del texto a ser traducido. Aceptar el juego que proponen las
poéticas de lo intraducible lleva a conceder que los giros y jergas muy
locales, los estilos muy personalizados, piden equivalencias localizadas. Para
no enredarme, voy a exponer el problema de dos maneras. Primera. Supongamos que
un grupo de vecinos de mi barrio, enfermos de racismo atávico, se enfurece
contra una familia de inmigrantes nigerianos, los Ababó, porque cultiva en su
terrenito unos arbustos de fruto alimenticio pero pestilente. La familia es de
una etnia de su país que vive históricamente del cultivo de esa planta y fue
maltratada por una mafia lumpen del lugar, etc. Digamos que yo conozco una
conmovedora novela nigeriana que cuenta una historia como la de los Ababó y
permite entenderlos. Creo que a mis vecinos les va a cambiar un poco la cabeza.
Pero la traducción de la novela es española y el traductor eligió como
correlato del argot de los Ababó y los mafiosos nigerianos el lenguaje
madrileño de Lavapiés. ¿Qué puedo hacer? ¿Probar si mis vecinos atraviesan el
velo de un dialecto ajeno de su idioma? ¿Arriesgarme a que su demonio social
interior aproveche la confusión para acusar a los Ababó de gallegos de mierda?
¿Proponer que alguna de nuestras humildes pero valerosas editoriales
independientes pueda comprar los derechos y traducir el libro al argentino
porteño con una subvención de la UNESCO? Otra manera de abordar estas
encrucijadas: Hace dos años el poeta argentino Leónidas Lamborghini publicó el
poema narrativo Mirad hacia Domsaar. Un viejo que fue lujurioso y tal
vez poderoso llamado Pigj agoniza sobre una camilla rodante en una llanura
calcinada donde nada crece, y ni siquiera hay barro para que la esquina sea
fiel a un famoso mito del tango. Lo acompañan dos mujeres y alguno más, y el
poema narra la trabajosa partida de la camilla, sobre unas prácticas rueditas, a
veces derecho, a veces en zigzag, rumbo a no se sabe dónde: como nuestro país,
como el progreso de la civilización. Entierro de la lírica pampeana y desecho
sarcástico de la retórica central de la lengua, oficio beckettiano de tinieblas
y sainete sacramental peronista, mamarracho, vodevil procaz y oratorio de
altura, relato en verso, también drama grave sobre la muerte escrito para
narrador y comparsa triste, este poema superlativo no debe haber entrañado para
Lamborghini ningún riesgo que él no hubiera asumido desde sus comienzos, cuando necesitó hacerse con un tono
peculiar para expresar su visión. A Lamborghini no debía de guiarlo
ningún proyecto que no fuera soltar la voz, digamos liberar la visión, y
modelar. Depuesta la búsqueda
de resultados y seguridades en la mera necesidad de escribir bien lo que se
escribe, todo riesgo se difumina y sólo queda el beneficio del poema;
para nosotros, una especie de dolor que alivia, es decir: estética. No se sabe
qué alcance tendrá. Lamborghini no debe haber pensado en la difusión
extranjera. Traducir ese texto es un asunto bien peliagudo, tanto rebosa de
localidad. Y si lo elijo es porque me parece indicativo, pero bien habría
podido hablar de Russell Hoban, un norteamericano afincado en Inglaterra, cuya
obra maestra Riddley Walker, una novela de iniciación en un mundo
posnuclear, escrita en un delicioso inglés neoprimitivo, no se vende para
traducción a otras lenguas (como si Hoban temiese que la desnaturalizasen).
Fiel a su ímpetu extremista, recalcitrante en el mundo de la circulación
reductiva, la literatura se adhiere a la localidad y la enriquece; vuelve a
empezar desde la diáspora de las lenguas, deroga el mundo de prosa sintética
donde vivimos separados por aquello que supuestamente nos comunica. No pocos
pensamos que si la literatura tiene un futuro, será gracias a un abultado
depósito de libros intraducibles, o por supuesto para nosotros los traductores,
aparentemente intraducibles. Aún en casos menos radicales que estos, cuesta pensar que un lenguaje neutral como el del antiguo sueño de la revista “Life” en español eleve el
sentimiento del traductor por el sentido de su oficio. Pero la igualdad
de oportunidades entre diversos grupos lectores es una quimera, porque hay
escasísimas obras que la industria editorial vaya a traducir para cada país, y
porque lo identitario único tiene una loca potencia de reducción: del estado-
nación a la región, la comarca, la provincia, la etnia, el clan, la ciudad, el
barrio, la familia, el yo. Aparte
de que la mera y presunta lengua “argentina” ya está incrustada de modos de
decir de todo el mundo hispanoparlante, y de otros mundos, inevitable secuela
ésta del espectáculo global. Adoptar los españolismos porro, cachondo, piscina
o un uso erróneo y oprobioso del vosotros, el mexicanismo “lucir” y hasta el
“todo bien” brasileño, y moverse con desenvoltura entre pinches bueyes,
quiubos, pantaletas y cabrones, todos términos que habrían hecho rebuznar a sus
inflexibles padres lunfardos, no les ha mermado el señero acervo de hallazgos vernáculos,
como che, viste, mina o lo que sea. Es sólo un ejemplo. Lo mismo está
sucediendo con la lengua nacional chilena, peruana, colombiana, venezolana, con
todas, y, con el aval de la Academia, empieza a pasar con las españolas. En
este clima, la duradera contienda entre la traducción de una obra a una lengua
verosímil para el lector particular y la tendencia a causarle extrañeza podría
resolverse en una alternativa nueva. Sería una salida provisoria, y anunciaría
que en adelante todas las salidas van a ser provisorias. En realidad, mi
ilusión es que anuncie que en el futuro cada libro exigirá del traductor, como
exige la escritura, no sólo una solución parcial, sino una teoría ad hoc, como
si la traducción se convirtiera en una rama de la patafísica, esa ciencia de
las soluciones particulares. El traductor, cuando no está en la coyunda de las
páginas cotidianas, sueña con este océano, con el plancton de las identidades
desintegradas. No olvidemos que un océano es un medio. Ante la posibilidad de
hacer veinte versiones de un original, cada traducción se servirá de todos los
componentes de los dialectos y jergas de su idioma, tomando, para empezar, los
que más le sirvan para la imitación o ejecución interpretativa de una
superficie. Será un uso rebelde: el máximo de rareza obtenido a partir del
artificio de la familiaridad global. No me pregunto si no es una ilusión
desorientadora y hasta perniciosa. En el siglo XVII la versión de <p>El</p>Quijote en inglés provocó un sismo literario del cual surgirían montañas como
el Tristram Shandy. Las novelas de Onetti no existirían sin las
versiones de Faulkner hechas en los 40 en La Habana y Buenos Aires. Alguien
diría que el comercio vivifica las lenguas, y que cada momento de una
literatura decide, si quiere más aliento, cuál rama de su tradición le sirve y
qué le conviene injertar. Claro que si la decisión la toma la industria --que
reverencia al público, al cual le encanta que lo engañen--, nada se regenera
salvo el circuito financiero de la palabra que aplasta el mundo, muchas veces
bajo el adulado ropaje de la belleza. Pero de eso debería tratarse justamente
cuando alguien dice que le preocupa el lenguaje: no de la belleza de un atavío,

sino de formas que abran la conciencia a los vaivenes del viento.