martes, 24 de noviembre de 2015

Atención lectorxs y escritorxs

Les dejo un texto clave, de lectura imprescindible. Disculpen la desprolijidad de la presentación.


Nuevas batallas por la propiedad de la lengua



Por Marcelo Cohen

Este texto es el resultado de la enmienda y el desvío de otro
que escribí hace un año para un coloquio sobre exilio y literatura argentina.
No crean que intenté sacar ventaja. Pensando en el famoso lema de Joyce,
“exilio, silencio, astucia”, por un momento se me ocurrió que un buen título
para esta crónica sería <p>Del exilio del traductor como arduo pasaje a la</p>soltura. Sólo que entonces me acordé de Cabrera Infante, un tristísimo
caso de privación forzosa de la lengua y el lugar amados, y decidí ser más
prudente. Si trabajé sobre ideas anteriores es porque escribo y traduzco y
porque a veces pienso que, quizá más aún que escribir, traducir provoca en uno
dulces o ácidas y siempre interesantes perplejidades sobre el lenguaje, el
entendimiento y la política, el exilio como condición existencial generalizada
y las verdades y falacias de la identidad. Pero nunca he conseguido abstraer, y
menos teorizar. Creo que la única forma de ir al grano es atacar la enésima
variación de algunos episodios. Llegué a España en diciembre de 1975. No me
había ido de Argentina por miedo ni en un peligro mayor que el de cualquier
militante político de superficie. Tenía una sensación de asfixia, proveniente
de algo más que el ascenso de López Rega y las tres A, aunque no me lo
confesara, y quería viajar durante uno o dos años. Estaba lleno de Hemingway y
de Blaise Cendrars. Tres meses después fue el golpe de Videla. Viví en
Barcelona hasta enero de 1996. Desde luego, es una patraña que veinte años no
son nada. En esos veinte años me enamoré e hice parejas que después se
rompieron, aprendí tres idiomas que no conocía, gané amigos y a veces los
perdí, viví en ocho barrios diferentes, leí a la mayoría de los escritores que hoy
cito más a menudo y vi las películas y escuché la música que hoy prefiero; tuve
empleos y subsidios de desempleo; jugué campeonatos barriales de fútbol,
escribí en la prensa y participé de un ateneo de pensamiento libre; traduje más
de sesenta libros, la mitad muy buenos, y escribí doce; esas dos décadas
hicieron del joven maximalista argentino de clase media judía un impreciso
precipitado de nutrientes de otras personas, libros y acontecimientos surtidos.
Llegué el 12 de diciembre de 1975. Tres semanas antes, el 20 de noviembre,
había muerto Franco. No voy a exprimir la memoria para componer un extracto de
todo lo que vi surgir a chorros después de que saltara el tapón de la
dictadura. Hoy casi todo ese frenesí de vida cuajó en la estasis de una sociedad
de satisfacciones súbitas y malestares digeribles, como cualquier sociedad de
módica abundancia. Pero me acuerdo que en el comienzo, una tarde, vi desde una
ochava que una manifestación por la autonomía de Cataluña confluía con otra por
la libertad de los pájaros que se vendían en las Ramblas y otra más de
Comisiones Obreras, y de que esa misma noche, en las Ramblas, me arrastró un
tropel de travestis que desfilaba entre dílers, solapados carteles de las
Brigadas Rojas e impunes puestos callejeros de siete y medio. Me acuerdo que
una revista cultural en donde escribía. “El viejo topo”, cambió de orientación
cuatro veces en medio año, de la autonomía obrera a la afirmación de géneros al
anarquismo surrealista a la ética foucaultiana. Me acuerdo que cada semana se
publicaban traducciones recientes de libros relegados durante años, de Dylan
Thomas a Alfred Döblin y de Gérard de Nerval a Guy Debord. Me acuerdo del
erotismo que embriagaba cualquier emprendimiento editorial, cotidiano,
periodístico, político o recreativo, como ir a un concierto de rock. La
exaltación que me causaba este carnaval se multiplicaba por el hecho de que,
por la doctrina consuetudinaria del transterrado, yo imaginaba que sólo me
comprometía en porción mínima. El involuntario subterfugio consistía en creer
que mis compromisos verdaderos estaban en otra parte, allá, en mi país, y en lo
que el horror de mi país despachaba hacia España. Una noche me llamó por
teléfono un amigo de infancia que no veía desde hacía lo menos diez años.
Estaba con la mujer en el aeropuerto; dos días antes habían matado a su
hermana, militante como él de la JP, y no sabía adónde ir y no tenía la menor
idea de qué era Cataluña. Me acuerdo de que se pasaron una semana sin salir del
cuarto que les conseguí. Llegaba gente que se había sumergido en la
clandestinidad y el matrimonio casi desde la adolescencia, antes de haber
conocido bien la calle, y recordaba con lágrimas una Rosario o una Buenos Aires
que desconocía. Aparte de la rabia y el desconsuelo de la derrota había desesperación,
dolor, añoranza de amparo familiar y hasta de una forma familiar de desamparo.
Pero todo esto la España de la transición lo absorbía en su caldo efervescente,
tendía a disolverlo, lo perfumaba, lo metamorfoseaba. Era una situación de una
ambigüedad irritante, y a veces ridícula. No duró mucho más de dos años; tres,
quizás, hasta que la democracia logró institucionalizarse, España acató su
papel geopolítico y empezó el lento rumbo al liberalismo concentracionario.
También ese proceso lo seguí con algún desapego; pero no demasiado, porque
entretanto muchos habíamos reaccionado a la derrota argentina con un
contraaprendizaje acelerado. El clima libertario de la España de fines de los
70 lo había favorecido: una
casi inmediata crítica de la ideología, que en mi caso comprendía no sólo el
leninismo, todos los socialismos reales y la filosofía de la toma del poder,
sino los apéndices locales de porteñismo integrista, machismo familiero,
verticalismo militarista, violencia sexual, sentimentalismo, culto de la pasión
impúdica, represión pequeñoburguesa generalizada. Todo esto iba a
decantar en un programa de ampliación de la conciencia, de intento de
destrucción de los paradigmas, que estuviera a la altura de un urgente deseo de
independencia. El programa iba cuajando en eslóganes fragmentarios. En la idea,
por ejemplo, de que no se trataba de cambiar la realidad para poder seguir
siendo como éramos, sino de cambiar nosotros para hacer posible otra realidad.
O más adelante aún: en la certidumbre de que ese cambio conllevaba reconocer
que uno no se pertenece, que cada vida o biografía es una forma pasajera y
mudable de algo que la antecede, la posibilita y la disipa al cabo, que salimos
de una corriente intemporal, indiferenciada, cuyas otras formas deberían ser
objeto de trato cuidadoso. Lo que yo no había asimilado todavía, es que esta
condición nos pone más cara a cara con la responsabilidad. Por cierto,
irresponsablemente, después de aceptar diversos trabajos más o menos típicos de
exiliado joven, acepté la traducción de un libro que me ofrecieron por
intermedio de un amigo. Traducir me parecía digno, entrañaba aceptarme como
hombre de letras más que como narrador aventurero y en general me parecía una
prueba mental absorbente. En revistas literarias argentinas creía haberme
fogueado traduciendo poetas beat y cuentos de ciencia ficción y sabía
suficiente latín para posar de una necia suficiencia. Me di un golpe. El libro
que me encargaron era una biografía de Indira Gandhi y cuando salió criticado
el reseñador opinó que estaba traducido en un “español descuidado a más no
poder”. Me chocó que la acusación solapada de barbarie descansara en un giro,
“a más no poder”, que usaba mi madre y yo creía argentinísimo, y más me chocó
tener que plantearme en el futuro, si quería sobrevivir, qué era un descuido
del español y qué no. Comprendí rápida, casi atolondradamente, que nadie que

piense con frecuencia y alguna profundidad en el lenguaje puede no desembocar
en la política, o cambiar su manera habitual de pensarla. Y empecé a entender
por qué algunos visionarios, como William Burroughs aseguraban que el lenguaje
es el instrumento más eficiente de control de las conductas y la sociedad; pero
un control que se ejerce no sólo desde afuera, por medio de los eslóganes políticos,
publicitarios, informativos, educativos, sino desde uno mismo; desde las
ilusiones constrictivas, el proyecto que somos desde que nacemos y el miedo a
no cumplirlos, las redes neurales de la ideología. Por desgracia, mi primera
reacción fue parapetarme en la devoción por mi lengua uterina. Pero dentro del
brete de ganarme la vida como traductor profesional en España. Mientras, apenas
terminado el período de crítica del izquierdismo irredento, y como para
rematarlo, un día, en el bar de la esquina de mi casa, iba a ponerme a
conversar con un argentino que resultó ser el Osvaldo Lamborghini. Quiero hacer
un homenaje a este escritor tremebundo. Por entonces leí La causa justa,
donde, como se sabe, un japonés que vive en Argentina termina haciéndose el
harakiri porque no puede sufrir que en vez de palabra de honor los argentinos
tengan una chistografía, y me di cuenta de que la literatura aberrante de
Lamborghini –como sólo quizá la de Puig— era la iluminación del carácter
pornográfico de la política argentina, que a su vez era la manifestación de la
mente argentina. Él era un hombre irascible y muy incorrecto. Una mañana de
1983 subió a mi casa, tocó el timbre, entró y sin pedir permiso pispeó mi
máquina de escribir, donde mediaba una traducción del Fausto de
Christopher Marlowe. “No lo vas a traducir al gallego, ¿no?”, me dijo, y
discutió cómo podíamos colarle a la floreciente y jactanciosa industria
editorial española las esquirlas subversivas de una literatura periférica. Me
exigió que leyera Kafka, por una literatura menor, el libro de
Deleuze, y que releyera con más cuidado algunos ensayos de Borges, sobre todo<p>Los</p>traductores de las 1001 noches. De esa manera psicopática pero efectiva,
situó las tensiones de nuestro exilio en su meollo, la lengua, de donde para mí
ya no iba a moverse, con lo que otras cuestiones se resolvieron casi de un
plumazo. Incluso me beneficiaría a la larga de otro modo, creo que contra su
voluntad. Porque ya entonces,
aunque el temor reverencial me impidiera razonarlo a fondo, me pareció que
entre la condena de Borges al prestigio de la identidad, a lo que él llama “la
nadería de la personalidad”, y su afirmación férrea de las variantes locales,
de las traducciones irreverentes ante los mandatos verbales del Occidente
central, había una contradicción. Las políticas localistas del verbo
quizá contribuyan a la independencia de las naciones periféricas; pero, como se
vería a la larga, el hincapié en la singularidad nacional, religiosa o
lingüística es catastrófico. Sólo que Borges, era de tontos no advertirlo, no
patrocinaba una emisión anticolonial sino la recreación continua de la
literatura, para sortear la trampa de este mundo ilusorio, mediante la
transformación local de los giros heredados. En cuanto a mí, en realidad tenía
unas ganas muy insistentes de estallar, quizá para estar a tono con la
inusitada libertad contra la cual me estaba estrellando. Habían desaparecido los más firmes
dispositivos de encauzamiento: no tenía familia, no tenía partido, no tenía
carrera universitaria en marcha, ni trabajo ni pareja estable, sólo tenía
amigos, afinidades electivas, y ningún proyecto fuera de la literatura.
Como exiliado de escasos medios, aún indocumentado y libertario incipiente,
coqueteaba con una módica amoralidad. La fantasía de estallar culminaba en una
miríada de esquirlas heterónimas que resolverían el engorro de la personalidad
en una pérdida de mí, una diáspora que saltaría los límites de la percepción,
de la posesión, del simulacro, luego del temor del paso del tiempo. Por desgracia,
los dispositivos de encauzamiento, atrincherados en el superyó, se habían
concentrado en una insidiosa defensa de la identidad argentina, y a la menor
provocación me habrían acribillado con culpas. De modo que en el fondo me
sometía. El sometimiento consistía en una negativa maniática a españolizarme.
Tenía mucho de campaña de salubridad. Yo quería desintegrarme, sí, pero conservando la voz. Se sabe que
la Voz, con mayúscula, es el absoluto metafísico, la inabordable, inexpresable
realidad de que el lenguaje tenga lugar. Pero la voz que yo quería conservar no
era ese puro querer-decir que separa la cultura de la naturaleza, sino esa voz
segunda, específica y ya afinada, que si nos une a la fuente del ser es
solamente, suponía yo entonces, por la vía del origen biográfico; una huella
digital comunitaria. De ahí al culto a las raíces, tan perjudicial para quien
quiere despersonalizarse, no había más que un paso; pero yo no lo sabía. Lo
único que sabía era que mi voz pugnaba contra la gravosa atmósfera del español
peninsular. Yo era un extranjero en una lengua madre que no era mi lengua
materna. Desde el punto de vista de la lengua madre, con su larga prosapia de
integrismo, su centralidad imperial y teológica restituida por el franquismo,
su estolidez pulida por la Academia y su agonía en la tecnocracia, eran los
latinoamericanos los que “decían mal”; los argentinos, en especial, voseábamos
y, como ya dije, rezumábamos unos argentinismos que en la industria editorial
estaban malditos. Editores y correctores nos trataban con afable socarronería. En mi predominaba el escozor de un
permanente malentendido, de vivir en una lengua que no había desarrollado una
cultura de la sospecha, que no interpretaba; que, como decíamos, “no tenía
inconsciente”. Los españoles practicaban el refrán como si sólo pudiera
significar una cosa, ésa que el refrán decía, pero que implantaban a un sinfín
de casos. Confundían el presente perfecto con el pretérito indefinido
–decían “El año pasado he estado en Londres”—y no distinguían el objeto directo
del indirecto; se creían llanos pero pensaban sin precisión. Crucificaban lo
que habrían podido ser delicadas gamas de sentimientos en sentencias garbosas
pero pétreas. Los españoles y
yo decíamos cosas muy diferentes con casi las mismas palabras. En vez de
examinar estos malentendidos por las dos puntas (sopesando, por ejemplo, el
abuso jactancioso y cursi del eufemismo con que los argentinos creen emular a
grandes poetas que no leen), yo canalizaba cada malentendido en recelo, y al cabo
en desdén. Una vez le llevé fotocopiada a una editora el artículo del María
Moliner donde se dice que el pronombre “lo” es el correcto para reemplazar al
objeto directo y el “le” la excepción tolerada. Olímpica y justamente, ella me
explicó la noción de uso y no me llamó más. Estas y otras embestidas eran lo
que me aconsejaba el superyó de exiliado, que por entonces había impuesto una
idea del exilio a cualquier posibilidad de abrirme a la vivencia, o mejor a la
sensación. Ya se sabe que las ideas funcionan como cercos. La más extendida de
las ideas de Exilio se nutre y es origen de la obsesión de volver al país, con
la condición nacional lo más intacta posible, como fin rector de todo
movimiento (en este sentido suplanta muy bien a la de Revolución), y método
para recuperarse a uno mismo. Como relato personal dominante, que prescribe
desarrollos y finales pertinentes, la tensión de este propósito fomentar un
extrañamiento de lo real que en nada nos beneficia el entendimiento; un
extrañamiento espúreo, esclavo de la comparación constante. Había, desde luego,
una carga de rebeldía política en mi exasperación. El español ambiental me
alejaba de mi cultura, cuya lengua era una de las herramientas de su posible
emancipación; me mancillaba, me opacaba la voz, me anulaba como vehículo de una
particularidad. Como se ve, yo estaba inmerso en una lucha por la propiedad de
la lengua, y en los dos sentidos de la palabra propiedad. No sólo se trataba de dirimir a
quién pertenecía esa lengua sino quién la usaba mejor. Inevitablemente
estaba repitiendo el rencor de Sarmiento (“los españoles traducen poco, mal y
no saben elegir”) y los sarcasmos de Borges para con el doctor Américo Castro.
La disputa era acre, diaria, avinagrante, más trabajosa que el deber de
cultivar la memoria de un ambiente patrio, y las insignias de un pasado, para
que el relato que dictaba la idea del exilio no se rompiera en simples
episodios sin ilación. Yo me
sentía en poder, no de un imperio, sino de los detritos pasados por el
periodismo, los doblajes de películas, los anacolutos de los políticos, los
eslóganes publicitarios y la creciente, deprimente, tendencia de las grandes
casas editoriales a aplanar las traducciones – atenuando relieves estilísticos,
reduciendo y segmentando las frases con más de una subordinada— para facilitar
el acceso de los consumidores al libro. (Les pido un momento, por favor, para
revisar este proceso. La costumbre española de doblar todas las películas
extranjeras en vez de subtitularlas había acuñado formas básicas de la lengua
“traducida” que el público reconocía cómodamente aunque nadie hablara así. En
los años ochenta muchos traductores adoptaron esas fórmulas, que ofrecían
soluciones rápidas y reconocibles, y al cabo algunas editoriales decidieron
exigirlas. La serie de maniobras de arrasamiento de las particularidades
estilísticas se llamaba “planchado” del original. La consecuencia no
infrecuente era que en la prosa de gran parte de las traducciones españolas de
los ochenta, en especial las pagadas por los consorcios editoriales, la prosa
de Michael Ondaatje manifiesta una ominosa semejanza de familia con la Stephen
King. Los más surtidos personajes de los dos eran capaces, por ejemplo, de
decir <p>Da una de cal y otra de arena, Mira que eres cateto o ¿Qué es lo que</p>te está ocurriendo?” Y en esta mezcla de coloquialismo impostado y
estilismo cursi empezaron a escribir, esto era lo bárbaro, varios novelistas
incipientes que leían abundante literatura traducida y poca tradición de su
lengua.) Tantos motivos de querella me provocaron una erupción de
fundamentalismo rioplatense. La tensión entre los deberes del exiliado para con
su verbo raigal y la obligación de traducir para el idioma de la península
habría podido ser muy provechosa, como terminó siendo al cabo, si yo no me lo
hubiese tomado como una situación de guerra fría. A los enojosos plurales de segunda persona y los
diferentes nombres de las mismas cosas no me costaba adecuarme, porque en el
trato cotidiano ya era de hecho, no exactamente medio español, sino medio español
catalanizado. Pero estaban, sobre todo, las maneras peninsulares de ordenar la
oración, la cadencia del interrogativo y varios elementos más que señalaban una
diferencia capital, angustiosa, en la dicción, la entonación y la prosodia, es
decir en el temperamento de esa lengua con la mía. En esa diferencia me
solazaba. Era una diferencia abstracta, peligrosa, sublimada, pero basada en la
constatación justa de que las diferencias importantes entre el dialecto español
central y los dialectos sudacas no eran las léxicas, sino las relativas al
orden de los elementos de la frase y sus consecuencias en la entonación, al
escandido, a la preferencia por ciertos tiempos verbales y las respectivas
obediencias o desacatos a las normas y las tradiciones, por ejemplo la del uso
o no de la preposición en “debe de haberlo hecho él”. El taimado Ezra
Pound recordó que no existe ninguna lengua que contenga la suma de la sabiduría
humana; ninguna capaz de expresar todas las formas y grados de comprensión. En
vez de reflexionar sobre este adagio, yo sometía cada término con pinta de
posible argentinismo a un control de calidad que ceñía cada jornada de
traducción en un mareo de ebriedad delirante. A escondidas incluso de mi
superyó, entretanto, disfrutaba de la sutileza de grandes traducciones
españolas del momento, como las de Miguel Sáenz o Javier Marías, y les
envidiaba una riqueza que, lo sabía, sólo podía provenir de un trato más íntimo
con la parte menos reciente de la tradición central. Mi tradición debía incluir a Quevedo, pero también a la gauchesca argentina y las traducciones latinoamericanas de literatura
norteamericana. Dado que así vivía la traducción, como un lugar
asfixiante donde todos enjuiciaban la existencia de los otros, intenté paliar
la molestia ejerciendo el contrabando y la insurgencia lingüística menuda.
Pensaba que si practicaba injertos, desvíos, erupciones en el lenguaje que se
me imponía, quizá produjera islotes de realidad anómala, moradas frágiles cuyos
usuarios evitaran la condición ya fatal de consumidores, que era el nuevo
estatuto general de los oprimidos y del cual latinoamérica aún podía librarse.
Insistía en el pretérito indefinido, evitaba rigurosamente el leísmo, los
personajes de mis traducciones exclamaban ¡Flor de mentira!, como mi
abuela, acaso ¡Pedazo de mentira! y no ¡Menudo embuste!, como
mi tabaquera española, y en vez de Vale ponía De acuerdo.
Paraba obsesivamente la oreja en busca de la expresión coloquial más rara y más
cercana a las “nuestras” que las editoriales pudieran tolerar –camelo,
por ejemplo, o bochinche—y atesoraba términos del siglo de oro cuya
existencia el barnizado español actual ignoraba pero habían sobrevivido en la
ductilidad de nuestro sudaca --irse al mazo, sacar el pellejo-- o
palabras milagrosamente compartidas por el cheli madrileño y el lunfardo
porteño, como guita. ¿Hay que decir que me prohibía el verbo coger?
Mi meta, cuando el original lo posibilitaba, era una emisión elegante, a la vez
cosmopolita, zumbona y hogareña, sobre todo consciente de que la lengua es un
problema, más aún, de que el lenguaje es un desgarramiento, la incesante, fatal
pérdida del hecho que pretende capturar, la eliminación de lo que nombra, y que
en la traducción el problema se duplica. Este mejunje, que daba a mis trabajos
una textura levemente caprichosa, no produjo grandes reacciones. Algunas
editoriales seguían llamándome, otras me echaron flit discretamente y terminé
trabajando más que nada para dos empresas dirigidas por argentinos, Minotauro y
Muchnik, o para editoriales independientes como Anagrama, Icaria, la Lumen de
entonces. Para entonces ya tenía el privilegio de traducir a Martin Amis, o a
Clarice Lispector, incluso a William Burroughs, a Henry James nada menos, y en
la medida en que decrecía la autocompasión aumentaba la responsabilidad. Mi
siguiente subterfugio consistió en desplazar la inquina hacia el español
literario estándar de ese momento que, en pos de una narrativa de pura
historia, y del supuesto equilibrio de la forma, las reseñas periodísticas del
momento encomiaban como “lenguaje fluido”. ¡El equilibrio de la forma! Esa
gente no había leído a Gombrowicz. El elogio del lenguaje fluido era la bestia
negra de mi ser de escritor, y la campaña por la higiene de mi lengua íntima
irrumpió en una rabieta pública contra la lengua contaminante: un larguísimo
artículo en dos partes bajo el título de <p>Algunas cuestiones sobre la</p>propiedad del idioma, que se publicó –y esto habría debido hacerme pensar—
nada menos que en “La Vanguardia”. La primera parte se llamaba <p>Del</p>escritor como ablandador de zapatos, en homenaje de pícara melancolía a un
oficio, ablandar zapatos nuevos de gente rica, que algunos pobres extravagantes
habían ejercido en la Buenos Aires de los años 50. Muy en breve, decía que al nacer caemos en un idioma
como en un par de zapatos que nos adjudica el azar; que las primeras molestias
irritantes aparecen cuando queremos decir una cosa y nos entienden otra; que
sin embargo no es fácil resignar un signo esencial de pertenencia; y que al fin
uno se olvida que los zapatos le duelen y termina aceptando el lugar común,
porque permite tender lazos fáciles. Después acusaba a los escritores
españoles de haber claudicado ante el uso de un repertorio de invariables
útiles para protegerse de la intemperie o de andar descalzo, o sea defenderse
de la vida como la aborda la literatura. Los españoles usaban los zapatos
heredados como si se sintieran cómodos; se entregaban a la palabra
instrumental, confiados en la ilusión de su transparencia. Lo que distinguía a la literatura
latinoamericana, en cambio, era la conciencia de una incomodidad irremediable,
la constante duda sobre el uso correcto, el trabajo de insolentarse, la
sospecha de la palabra y de su emisor, la sensación de impertinencia, el
reconocimiento de toda voz sale por una máscara, de la dificultad y la
impureza; porque la literatura nacía de una insatisfacción y la única palabra
justa era la que atacaba el equívoco de la familiaridad. El inocultable
rencor, producto de la idea no del todo falsa de ser un proletario cultural a
sueldo de la industria lingüística de su madre, destilaba más claramente en un
pasaje dedicado a la difusa pero sostenida campaña que por entonces, época de
establecimiento y afirmación de la narrativa y la industria editorial
españolas, se había desatado contra las traducciones sudamericanas de los 40,
50 y 60, que habían alimentado a los lectores durante la penuria franquista y
ahora eran calificadas de burdas e insostenibles. No quiero entrar en esas
minucias recurrentes en las jornadas de traductores. Todos sabemos que cuando
un argentino dice “Voy a lo de Juan” debería decir, correctamente, “Voy a casa
de Juan”; pero pocas veces discutimos cuán sagaz es que esté asimilando el
“Vado da Giovanni” del italiano, e incluso el francés chez Jean o el
catalán can Joan; pero incluso. Tampoco importa mucho discutirlo; es un hecho.
Lo que importaba para mí entonces era que los escritores españoles no sólo
denigraban las traducciones sudacas llenas de expresiones como cuadra
(por calle) o durazno; también se negaban a pensar que millones de
lectores latinoamericanos no sabían qué era un melocotón o un chaval. Y así. Si
ocultamente esperaba alguna réplica, lo cierto es que no pasó nada. Tampoco
obtuve rédito, salvo una mórbida hinchazón del amor propio. A las semanas el
bulto era un hematoma, un derrame, y me sentía bastante idiota. Unos años
después, los fastos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América,
expresados en el español ecuménico del iberoamericanismo oficial, un idioma que
no habla nadie, iban a probar que la democracia de la simulación tiene muchas
cirugías para reparar las huellas que dejan en la lengua las literaturas y usos
populares y locales. Traducir era la vía idónea para disgregar ese simulacro de
unidad en un multiverso de voces simuladas pero particulares. El caso es que
después de mi manifiesto sentí por fin un lento estallido. No era el que yo
había deseado. Era una disgregación del romance con las leyes del desasosiego
que me organizaban la conducta. Comprendí que mi sentimiento del exilio era un
aparato superpuesto, implantado sobre una experiencia real de atención,
curiosidad y transformación cotidiana, fabricado por aprioris sobre la cultura
y la biografía. Ese aparato u objeto replicaba una larga serie de exilios
documentados, acumulando sobre sí la tradición y la historia, y trabajaba todos
los días en reproducirse a sí mismo. Muchas teorías, tradicionales y
contemporáneas, afirmaban la superioridad moral del ser individuado que puede
reconocerse en un relato coherente de sí mismo. Por mi parte, no sólo las
sensaciones sino también la memoria tendían a la discontinuidad; a veces
extrañaba mi país y en general, si quería ser sincero, no extrañaba tanto. El
presente no me daba tiempo para extrañar, y en vez de extrañar me inducía echar
de menos. La comida, los acentos de los amigos y los amores, la lectura del
diario, las letras de las canciones que cantaba, los olores que me salían al
paso o entraban por la ventana a cualquier hora del día, emociones adosadas a
una hora, un estado del tiempo y un rincón preciso de la ciudad: de todo eso
era tan actor como de mis recuerdos de adolescencia porteña. Yo era una
asamblea de delegados de tendencias surtidas que contaban anécdotas de tiempos
y escenarios disímiles, presentaban mociones contradictorias y discutían
respuestas a acontecimientos asincrónicos; y lo peor era que a veces una
facción entera abandonaba la asamblea. El silencio estupefacto que se hacía
entonces en mi interior delataba una falta de mando, de buró director, un vacío
central de poder. Sobre un fondo vaporoso aparecían elementos heterogéneos: la
máquina de escribir y la computadora, el voluminoso croissant español y la
pequeña medialuna porteña, miembro del rubro pastelero “factura”, el hule
grasoso y tajeado del asiento de un colectivo 60 y el camarote acolchado de un
tren AVE, el mediterráneo y el río Luján, la planta llamada Santa Rita y la
misma planta llama buganvilla, las patillas de Menem y las canas de los
dirigentes socialdemócratas. En mi relato más íntimo del exilio, si hubiera
habido algo así al alcance, el movimiento de regreso había perdido momento de
inercia. Para hacerse clara, la atención al presente me suplicaba una lengua a
la altura de su multiplicidad, del milhojas temporal y espacial que era cada
momento. Beckett se proponía hacer agujeros en el lenguaje para que a lo mejor,
al fin, con paciencia, segregase alguna verdad. Según Deleuze, escribir era
inventar una lengua extranjera que al entrar como viento en la lengua del
escritor la sacudía y a la vez desquiciaba todo el lenguaje. Y para Walter
Benjamin, después de Babel, de la dispersión, cada lengua vivía dramáticamente
su defecto de fondo, su carácter incompleto. Con esta batería de argumentos,
por entonces procedí a hacer mi trabajo cotidiano a la vez como ejercicio de
anulación de mí y como demolición de las constricciones. <p>¡A disgregar! ¡A</p>disgregar!, era la consigna, así, dicha dos veces. Exaltación. Entrega,
quimera de la pérdida de sí en la fusión pasajera con la palabra del otro,
etcétera. Estaba totalmente convencido de este programa. Sobre todo cuando
traducía autores muy contemporáneos. Tal era el gusto diario de ofrendar mi
lengua a la presión diversificadora de Alisdair Gray, de Kathy Acker, de quien
fuera, que llegué a la teoría de que la fidelidad de la traducción consistía en
idear una manera de traducir para cada libro. Fue una época rara en la que sólo
me importaban las frases, luego los párrafos, y trataba de informarlos con
furibundos zafaris al diccionario de autoridades, excursiones por Quevedo,
Larra, Sarmiento, Mansilla, Lezama Lima, la lírica del tango, las coplas
madrileñas, Onetti, Juan Benet, Arguedas, las traducciones de Lino Novás Calvo
y las de Consuelo Bergés, gran atención a las voces de los otros y una revisión
de la gramática que me acercara lo más posible a la parataxis. Pero no estaba
preparado. Y, como para corroborarlo, justo entonces salió en un diario
argentino una reseña de La vida de Jesús, una novela de Toby Olson que
para la periodista estaba muy bien traducida, decía ella, “por un españolísimo
Marcelo Cohen”. Todos los aspectos de la cosa me satisficieron enormemente,
desde el elogio hasta el sarcasmo, pasando por la ingenuidad argentina de la
reseñadora, que tomaba por españolísmo lo que era una mezcla personal. Más o
menos por entonces me tocó también traducir las memorias de Mezz Mezzrow, ese
judío que aprendió a tocar el saxo en el reformatorio, tocó con Armstrong y
terminó vendiendo marihuana en Harlem, y nada podría haberme complacido más que
el comentario de que había fraguado se dejaba poco pero al fin tenía un sonido
inconfundible. Lo que quiero decir es esto: el self, eso que se supone
que uno es medularmente, signo de identidad irreductible y término que algunos
se ven obligados a traducir como yo, es verdaderamente recalcitrante en su
apego a sí mismo y a la congruencia de los relatos sobre sí mismo o sobre
cualquier cosa en que se refleje, incluso si apela a voces de otros. Su astucia
más irreprimible, su codicia más sutil, es por supuesto el estilo. Y yo quería
un estilo de escritor y de traductor, y era muy pretencioso: quería una
argentinidad de incógnito y, digamos, una hibridez distinguida. Ahí estaba
entonces, de nuevo agarrado infraganti. Los españoles decían pillado.
El malestar y la revuelta con el español contemporáneo, la lengua del amo de
casa, la herramienta de castración del entendimiento, habían tenido un impulso
de liberación política. Pero con toda mi genealogía rioplatense y mi voluntad
joyceana de anarquía sexual de las palabras, había ido a dar en el deseo de
distinción, una de las lacras que pueden entregar al exiliado típico, como un
corderito, a un fascismo reflejo al del fascismo del que lo segrega. Si el
estilo es una avidez del self, y el arte de objetos como símiles del conocimiento
una estratagema de dominación, el self es el objeto burgués por excelencia. El
self es una falacia a posteriori; exactamente como el fetiche. “El self es la
pensión y los ahorros del rentista estático. ” Esto lo dijo Carl Einstein. Y
por eso Einstein pensaba que la “destrucción del objeto” practicada por los
pintores cubistas y por Malevitch no era una cuestión meramente formal sino la
destrucción de un orden social y epistémico, un orden burgués fundado en la
posesión, el individualismo y la ficción de cosas y sujetos constantes. No era
mi caso. En vez de dejar que por la herida del exilio fluyera una comunicación,
yo estaba construyéndome un lenguaje bien sólido. Como si la herida del exilio
pudiera cicatrizar alguna vez y blindarse, como si pudiera capitalizar mis
largas rencillas con el país de adopción y con el de origen, como si el exilio
no fuera para siempre. Nada bueno para la traducción, como se comprende. No
había nada que conducir, nada más que un producto de cadenas de causas que hacían
un presente. El bochorno de entender penosamente algo de esto, bien que a
medias, se resolvió en un paso hacia la apertura, un atisbo de soltura. Sólo un
atisbo. Pero uno es incorregible. Cuando volví a vivir a Argentina, mi soltura
interior se complacía en comprar tanto zapallitos como calabacines, según
decidiera el motor lingüístico encendido en el instante, y en injurias
excéntricas, como el anticuado porteño Hacete hervir o el encantador
andaluz Que te folle un pez. En las traducciones me iba a hacer falta
un esfuerzo de discernimiento, pero concibiéndolas como espacios transitorios
podía hospedar gran cantidad de matices y acentos. Por supuesto, en seguida me
di cuenta de que el deleite de usar localismos argentinos, lunfardo,
eventualmente el voseo, se enturbiaba porque muchas veces la mejor solución, e
incluso la más placentera, era un españolismo; pero esta esquizofrenia
dialectal sólo desbarataba más cualquier ilusión de pertenencia plena. Ahora
bien: si el regreso no existía, tampoco es que la abundancia fuera una
solución. La gama de posibilidades expresivas que había acumulado sólo servía
para jactarme de un desajuste, ahora con mi país. De muchos desajustes. Porque
no tardé nada en enredarme en malentendidos nuevos. Huelga explicar que la lengua de la Argentina de hoy
no es la de Mansilla, ni siquiera la de Walsh. Es un repertorio de sampleados
del periodismo, la publicidad, el show político, la cultura psi y los desechos
de un argot de calle planchados por la clase media, donde no juegan exiguo
papel las traducciones españolas y los subtitulados y doblajes centroamericanos
de series de televisión. Hoy los argentinos tienen piscinas en vez de piletas, los camareros
desean buen apetito en vez de buen provecho, las recepcionistas y conserjes
dicen “aguarde” en vez de “espere” (porque les parece más refinado), pero el
léxico general es angustiosamente corto. Son comparativamente pocos los
que manejan las subordinadas. Profesionales liberales y bastantes escritores
ignoran algunas reglas de consecución temporal, como la del pretérito
indefinido con el pluscuamperfecto, de lo que se desprende un acalambramiento
de la memoria y el presente. Y aunque uno intente abrevar en la idiosincrasia
de esos usos, asimilarlos con un respeto algo comedido, estoy seguro de que mis
traducciones no suenan menos raras de lo que sonaban en España. Lo hago adrede,
claro. No es una veleidad. Es otra vez el intento de que el cuerpo de las
traducciones de en periodo sea un lugar, un espacio sintético de disipación de
uno mismo en una cierta multitud de posibilidades, de comprensión de la
identidad como agregación. Pero no un lugar enajenado, ni protector, ni
preservado; porque si algo concluí de tantas escaramuzas es que un espacio
hipotético se vuelve banal si no se ofrece como ámbito de reunión, de
comunidad, de ágape; si no intenta crear tejido fresco en el gran síntoma del
cuerpo extenso que somos. Creo
que lugares así, traducciones o ficciones digamos peculiares, son también
encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales pero
siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada
vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa. No deja de
sorprender cómo nos hemos habituado a conceder que odio y violencia contribuyen
más que el amor y la paz a estructurar las relaciones sociales. Pero más
sorprendente aún es la difundida resistencia a pensar que el clima de tensión,
terror y amenaza que envuelve al mundo pueda relacionarse directamente con la
defensa cerrada de la identidad, la de cada uno o cada grupo, y el desmesurado
culto de la memoria. Identidad, quiero decir, ilusoriamente considerada como un
componente basal único y no elegido, en cuya persistencia va el sentido de la
vida del sujeto y cuya defensa requiere mantener a distancia y a raya a todo
aquel que puede erosionarla, entorpecerla, importunarla o modificarla, y si es
preciso comérselo y evacuarlo, o suprimirlo sin más. Identidad como etnia,
tradición, nacionalidad, religión o filiación política excluyente, para
empezar. Como por ahora no se ve que ni grupos importantes ni demasiados
humanos en particular vayan a aceptar que en el fondo, como dicen ante los
muertos, no son nada, algunas de las voces astutas que el planeta escucha, como
la del premio Nóbel Amartya Sen, sugieren atender a que la identidad de un
humano o un grupo, lejos de ser una esencia fatal, es siempre un agregado
–algunos dirían un constructo—, y que muchos de sus componentes provienen de
elecciones o adherencias azarosas. Una identidad puede cambiar con el tiempo,
aun contra la voluntad del sujeto, e incluso sin que el sujeto lo advierta, y
más cambia a causa de decisiones razonadas; el compuesto se diversifica. En el
mero plano social, por ejemplo, nos movemos con un portafolio de identidades a
las que nos referimos según el contexto (género, clase, oficio, trabajo, raza,
opiniones políticas entre otras), y la relevancia que damos a una u otra
modifica la conducta. Sen sostiene que la negativa a aceptar la diversidad
interna de las identidades es un error que une a los publicistas del choque de
civilizaciones, los comunitaristas, los fundamentalistas religiosos y hasta los
teóricos de la cultura, y que la ilusión y la imposición de un sello
identitario único, que crea sensación de destino, fatalidad e impotencia, es lo
que en el fondo alimenta una ira y una violencia que se descargan en el otro.
No cito a Sen porque quiera meterme en un asunto que hoy profundizan muchos
artistas y estudiosos, a saber que la traducción permite cotejar y renovar las
ideas propias con el lenguaje del otro, sino porque la observación de que Yo y
el Otro somos cada uno una pequeña multitud toca las fibras nerviosas del arte
de traducir, del oficio del traductor, y me parece que, al tiempo que
intensifica los dilemas, la responsabilidad, las perplejidades, abre una
rendija de libertad. Tomemos la visitadísima disyuntiva entre la traducción
hipotéticamente neutra y la traducción localista, idiosincrásica o por así
decir soberana. Las periódicas muestras de fastidio crítico de lectores
argentinos más o menos expertos contra las traducciones españolas, la acusación
indignada de ineptitud o colonialismo por el uso terco y, se dice,
malintencionado de palabras como <p>gilipollas, majareta, o expresiones como a</p>mí me la trae floja o acabó como el rosario de la aurora, que les
impedirían gozar del texto, no sólo son reflejos de la intolerancia ignorante
de los expertos españoles de hace años a aceptar la diversidad interna de su
lengua; no sólo pasan por alto que la invasión de nuestras librerías por sobras
de la profusa industria española es un asunto de acumulación capitalista y
suerte geopolítica, y de una decadencia de nuestras editoriales en la cual
alguna culpa, además de la dictadura y el capital, han tenido sus propietarios.
Además de todo esto, esas quejas eluden un nudo acuciante de lo que, si valiera
la pena elaborarla, podría ser una estética política de la traducción para
estos tiempos. Dentro de la despótica prosa mundial de Estado en que se expresa
el continuo de eslóganes publicitarios y políticos, relatos míticos de la
industria del entretenimiento y ficciones informativas que nos condicionan, la
sociedad del espectáculo ha incorporado, por afán totalizador y para que se
ocupe de temas humanos como la angustia, la belleza, la muerte, etcétera, lo
que la crítica llama “literatura internacional”; la condición básica de las obras de literatura
internacional es que son eminentemente traducibles. Creo que como
réplica a esta trampa, en su cíclica revuelta contra los sometimientos y
condiciones, hoy el espíritu negativo de los escritores se empeña en asimilar
la literatura independiente, es decir la literatura a secas, con una
resistencia del texto a ser traducido. Aceptar el juego que proponen las
poéticas de lo intraducible lleva a conceder que los giros y jergas muy
locales, los estilos muy personalizados, piden equivalencias localizadas. Para
no enredarme, voy a exponer el problema de dos maneras. Primera. Supongamos que
un grupo de vecinos de mi barrio, enfermos de racismo atávico, se enfurece
contra una familia de inmigrantes nigerianos, los Ababó, porque cultiva en su
terrenito unos arbustos de fruto alimenticio pero pestilente. La familia es de
una etnia de su país que vive históricamente del cultivo de esa planta y fue
maltratada por una mafia lumpen del lugar, etc. Digamos que yo conozco una
conmovedora novela nigeriana que cuenta una historia como la de los Ababó y
permite entenderlos. Creo que a mis vecinos les va a cambiar un poco la cabeza.
Pero la traducción de la novela es española y el traductor eligió como
correlato del argot de los Ababó y los mafiosos nigerianos el lenguaje
madrileño de Lavapiés. ¿Qué puedo hacer? ¿Probar si mis vecinos atraviesan el
velo de un dialecto ajeno de su idioma? ¿Arriesgarme a que su demonio social
interior aproveche la confusión para acusar a los Ababó de gallegos de mierda?
¿Proponer que alguna de nuestras humildes pero valerosas editoriales
independientes pueda comprar los derechos y traducir el libro al argentino
porteño con una subvención de la UNESCO? Otra manera de abordar estas
encrucijadas: Hace dos años el poeta argentino Leónidas Lamborghini publicó el
poema narrativo Mirad hacia Domsaar. Un viejo que fue lujurioso y tal
vez poderoso llamado Pigj agoniza sobre una camilla rodante en una llanura
calcinada donde nada crece, y ni siquiera hay barro para que la esquina sea
fiel a un famoso mito del tango. Lo acompañan dos mujeres y alguno más, y el
poema narra la trabajosa partida de la camilla, sobre unas prácticas rueditas, a
veces derecho, a veces en zigzag, rumbo a no se sabe dónde: como nuestro país,
como el progreso de la civilización. Entierro de la lírica pampeana y desecho
sarcástico de la retórica central de la lengua, oficio beckettiano de tinieblas
y sainete sacramental peronista, mamarracho, vodevil procaz y oratorio de
altura, relato en verso, también drama grave sobre la muerte escrito para
narrador y comparsa triste, este poema superlativo no debe haber entrañado para
Lamborghini ningún riesgo que él no hubiera asumido desde sus comienzos, cuando necesitó hacerse con un tono
peculiar para expresar su visión. A Lamborghini no debía de guiarlo
ningún proyecto que no fuera soltar la voz, digamos liberar la visión, y
modelar. Depuesta la búsqueda
de resultados y seguridades en la mera necesidad de escribir bien lo que se
escribe, todo riesgo se difumina y sólo queda el beneficio del poema;
para nosotros, una especie de dolor que alivia, es decir: estética. No se sabe
qué alcance tendrá. Lamborghini no debe haber pensado en la difusión
extranjera. Traducir ese texto es un asunto bien peliagudo, tanto rebosa de
localidad. Y si lo elijo es porque me parece indicativo, pero bien habría
podido hablar de Russell Hoban, un norteamericano afincado en Inglaterra, cuya
obra maestra Riddley Walker, una novela de iniciación en un mundo
posnuclear, escrita en un delicioso inglés neoprimitivo, no se vende para
traducción a otras lenguas (como si Hoban temiese que la desnaturalizasen).
Fiel a su ímpetu extremista, recalcitrante en el mundo de la circulación
reductiva, la literatura se adhiere a la localidad y la enriquece; vuelve a
empezar desde la diáspora de las lenguas, deroga el mundo de prosa sintética
donde vivimos separados por aquello que supuestamente nos comunica. No pocos
pensamos que si la literatura tiene un futuro, será gracias a un abultado
depósito de libros intraducibles, o por supuesto para nosotros los traductores,
aparentemente intraducibles. Aún en casos menos radicales que estos, cuesta pensar que un lenguaje neutral como el del antiguo sueño de la revista “Life” en español eleve el
sentimiento del traductor por el sentido de su oficio. Pero la igualdad
de oportunidades entre diversos grupos lectores es una quimera, porque hay
escasísimas obras que la industria editorial vaya a traducir para cada país, y
porque lo identitario único tiene una loca potencia de reducción: del estado-
nación a la región, la comarca, la provincia, la etnia, el clan, la ciudad, el
barrio, la familia, el yo. Aparte
de que la mera y presunta lengua “argentina” ya está incrustada de modos de
decir de todo el mundo hispanoparlante, y de otros mundos, inevitable secuela
ésta del espectáculo global. Adoptar los españolismos porro, cachondo, piscina
o un uso erróneo y oprobioso del vosotros, el mexicanismo “lucir” y hasta el
“todo bien” brasileño, y moverse con desenvoltura entre pinches bueyes,
quiubos, pantaletas y cabrones, todos términos que habrían hecho rebuznar a sus
inflexibles padres lunfardos, no les ha mermado el señero acervo de hallazgos vernáculos,
como che, viste, mina o lo que sea. Es sólo un ejemplo. Lo mismo está
sucediendo con la lengua nacional chilena, peruana, colombiana, venezolana, con
todas, y, con el aval de la Academia, empieza a pasar con las españolas. En
este clima, la duradera contienda entre la traducción de una obra a una lengua
verosímil para el lector particular y la tendencia a causarle extrañeza podría
resolverse en una alternativa nueva. Sería una salida provisoria, y anunciaría
que en adelante todas las salidas van a ser provisorias. En realidad, mi
ilusión es que anuncie que en el futuro cada libro exigirá del traductor, como
exige la escritura, no sólo una solución parcial, sino una teoría ad hoc, como
si la traducción se convirtiera en una rama de la patafísica, esa ciencia de
las soluciones particulares. El traductor, cuando no está en la coyunda de las
páginas cotidianas, sueña con este océano, con el plancton de las identidades
desintegradas. No olvidemos que un océano es un medio. Ante la posibilidad de
hacer veinte versiones de un original, cada traducción se servirá de todos los
componentes de los dialectos y jergas de su idioma, tomando, para empezar, los
que más le sirvan para la imitación o ejecución interpretativa de una
superficie. Será un uso rebelde: el máximo de rareza obtenido a partir del
artificio de la familiaridad global. No me pregunto si no es una ilusión
desorientadora y hasta perniciosa. En el siglo XVII la versión de <p>El</p>Quijote en inglés provocó un sismo literario del cual surgirían montañas como
el Tristram Shandy. Las novelas de Onetti no existirían sin las
versiones de Faulkner hechas en los 40 en La Habana y Buenos Aires. Alguien
diría que el comercio vivifica las lenguas, y que cada momento de una
literatura decide, si quiere más aliento, cuál rama de su tradición le sirve y
qué le conviene injertar. Claro que si la decisión la toma la industria --que
reverencia al público, al cual le encanta que lo engañen--, nada se regenera
salvo el circuito financiero de la palabra que aplasta el mundo, muchas veces
bajo el adulado ropaje de la belleza. Pero de eso debería tratarse justamente
cuando alguien dice que le preocupa el lenguaje: no de la belleza de un atavío,

sino de formas que abran la conciencia a los vaivenes del viento.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Esa cola


"El culo de una arquitecta", por Pedro Mairal.
(del libro "Maniobras de evasión" publicado por Ediciones Udp.)

No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.
Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia
invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.
Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileñas bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.
De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre
sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora, como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.
Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personal trainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el galgo tras la liebre, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un “tremendo fambeco”. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, “El culo de una arquitecta”.
No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis de 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con sólo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también de que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.

martes, 17 de noviembre de 2015

El "mundo de las ideas" del macrismo y la pavada de las solicitadas

A semanas del balotaje armaron la versión de Carpa Abierta de la derecha. No nos extraña que la firma de Pola Olaixarac forme parte de la solicitada que publicaron hace unos días. Tempranamente, en el 2012 los pibes de Planta le sacaron la ficha.


Un juicio sobre Pola Oloixarac (2012, Publicado en REVISTA PLANTA)

Análisis de Las teorías salvajes en sus niveles estilístico, cultural y político. La filosofía, el Zeitgeist y la agenda del progresismo.

Por Damián Selci y Nicolás Vilela

1- Mis Documentos
Aunque muchos comentaristas coincidieron en que Las teorías salvajes (Entropía, 2008) es un libro "sádico", "revulsivo", "sin miramientos en su crítica del ambiente cultural argentino", hay elementos para pensar que, pese a todo, tiene un final feliz. En el último capítulo la narradora se prepara para un encuentro con un profesor de la universidad, Augusto García Roxler. Leemos entonces lo siguiente: "Tengo la tentación de imprimirle la carpeta entera de 'Mis Documentos', mi compendio de observaciones desde el comienzo de mis lecturas adultas, la totalidad de mis intuiciones antropológicas, esbozos de las teorías nuevas sobre las que estoy trabajando, mi sociológica historia de la perversidad. Pero no. Mejor recapitular. Ordenar, enlazar, componer, volver a numerar". Durante toda la novela García Roxler, docente universitario izquierdista, fue parodiado con saña; sin embargo, en la última escena se convierte en alguien envidiable: al parecer él, a diferencia de nosotros, se salvó de leer la novela entera de Pola Oloixarac (1977). Final feliz, entonces: para García Roxler, no para el lector. Considerando el carácter más bien inútil que marca desde el principio el contenido de este libro, se puede pensar que Las teorías salvajes es la impresión de la entera carpeta de "Mis Documentos" de una estudiante de filosofía singularmente eufórica. Sin embargo, o quizá por eso mismo, Las teorías salvajes se ganó un atisbo de novedad; esto puede ser notable o incomprensible según se mire, y para muchos, directamente irrelevante; pero el que todos los logros de Las teorías salvajes deban ser situados del lado del ruido cósmico y la venta de humo no excluye, y más bien reclama, una intervención crítica de tendencia humanista y quirúrgica. No hay que descartar que los comentaristas, en su mayoría, hayan escuchado música celestial donde no había más que un coro de bocinazos (no sería la primera vez) pero, en todo caso, a los efectos de la comprensión intelectual se torna necesario hacer un mínimo sobrevuelo por el enorme cúmulo de ideas que Oloixarac vertió en su novela y en sus entrevistas. Hay un hecho sugestivo, y es el siguiente: la pátina de "desparpajo", de "novela ambiciosa", de "libro necesario" que Las teorías salvajes consiguió durante el verano obstruye la percepción del carácter fundamentalmente regresivo del texto en todos los niveles de su forma: en lo sintáctico, en lo cultural, en lo político. Es lo que nos proponemos demostrar.

2- "La sintaxis no miente"
Empecemos con la "preocupación por el estilo" que Oloixarac manifestó en la reciente charla en Eterna Cadencia organizada con motivo de la presentación de la novela, y sumémosle a eso la cantidad de veces que aparece la palabra "sintaxis" en el texto (¿doce veces? ¿veinte veces?). Abrimos Las teorías salvajes y leemos la primera oración: "En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos". Es una sorpresa, realmente. En términos estilísticos parece un inicio poco prometedor: tres participios rimados ("practicados", "iniciados" y "amenazados"), un criterio extraño para la aposición de los sustantivos ("niños" es dividido, redundantemente, en "varones y niñas") y una aliteración de tres vocales que salió indemne de la corrección (a-o-u: "adultos" y "arbustos", las dos en el mismo período). Quizá no se pueda ser tan exquisito; los comienzos siempre son difíciles. Pero al rato nos sentimos otra vez desorientados. Descubrimos que casi no hay página que no contenga alguna palabra en itálicas: "La filosofía es el playground de Satán"; "La culminación mezclaba las lágrimas y el semen, se sentía muy terapéutico"; "la banda punkie Dos Minutos". Qué raro. Si en la primera frase el recurso se justifica porque se trata de una palabra extranjera, en la segunda... ¿por qué? ¿Y la tercera? ¿Qué es una banda punkie? Difícil saberlo. Existen bandas punks en nuestro país por lo menos desde 1979 (Los Violadores), momento en que la autora tenía dos años. Sin embargo, no parece que sea la falta de cultura joven lo que explique esta rareza de Oloixarac: palabras tan cercanas como puff, blog, disc-jockey, que ya tienen carta de ciudadanía por el uso, son sometidas al bastardilleo, como así también legible, efecto, post, intervalo o cualquier otra... La revista Viva no se atrevería, como Oloixarac, a ponerle cursivas a un campus universitario. Sin dudas es una escritora con mucho desparpajo. Pero en fin, ¿qué son unas cuantas itálicas desperdigadas por ahí? Nada. En cambio preocupan más las repeticiones de estructuras ("Caminando a zancadas, esquivando mis juicios lapidarios"), la imitación quizá voluntaria del lenguaje de traducción ("quitarle", "más de las veces"), el recurso permanente a la prosa de monografía ("se sabe"), la abrumadora cantidad de menciones a filósofos ("el primer Wittgenstein"), la construcción de metáforas equidistantes respecto del posestructuralismo francés y la copia novata del romanticismo ("en otros pozos de sentido, otras penínsulas de rocas"), el procedimiento de "risa enlatada" (un personaje hace una observación "picante" y la narradora, para ayudarnos, aclara que otro se ríe), más aposiciones increíbles ("Porque lo que quiero decirte -lo que aúllo por comunicarte-"), más itálicas, más nombres, más, más... ¿A qué responde este sistema expresivo? ¿Inseguridad retórica? ¿Falta de autoestima estilística, tal vez? Como hipótesis se puede sugerir que Oloixarac no tiene mayor confianza en su prosa y que por eso apela al relleno, la redundancia, la gigantografía. Rara vez deja tranquilos a los sustantivos; prefiere hostigarlos con aposiciones, construcciones adjetivales, subrayados... Hacia la página 141, cuando el lector ya percibió que la narradora no tiene un buen concepto de la izquierda occidental, hay una escena donde un libro de Trotsky queda tirado en el piso: parece suficiente demérito para el marxismo soviético, pero a Oloixarac no le alcanza, y nos reasegura que lo que está ahí es su "pobre, avejentada e inútil historia de la revolución rusa". Adjetivos, adjetivos, adjetivos: todo tiene que ser remarcado en el estilo-pánico de Oloixarac (1).

3- Miguel Cané con polleras
Un personaje "levanta una ceja despectiva", otro mira con "canónica desconfianza", la narradora se refiere a un "tono de maestrita bonaerense": hipálages, hipérboles y diminutivos son tres de los recursos con los que la adjetivación se hace cargo de un único sentimiento: el desprecio social. El balance del breve análisis precedente arroja un resultado claro: un estilo dispuesto a perderse entre adjetivos desdeñosos, aposiciones redundantes, bastardillas que fingen distancia en palabras que no la tienen, etc., es un estilo con un afán de distinción cultural. Lo que importa a la hora de escribir no es, parece, canalizar literariamente las ideas, aspiraciones y temores de los contemporáneos, sino marcar con una cruz a los ignorantes y parodiarlos sin tregua. ¿Quiénes son los ignorantes? Adelantemos algo que vamos a retomar después: los ignorantes son los subeducados por "la cultura progresista". ¿Quiénes son, entonces, los sobreeducados? Aunque no parezca, es por medio de esta pregunta que puede entenderse aquella extraña afirmación de Oloixarac durante la charla en Eterna Cadencia: el lector ideal de Las teorías salvajes sería, según dijo, "una persona profundamente humanista". Considerando la vocación peyorativa de Las teorías salvajes, parece una tesis indescifrable, y sin embargo no lo es: el nombre propio que aclararía la cuestión sería el de Miguel Cané, autoproclamado humanista que con una mano escribía loas a los autores clásicos y con la otra redactaba una Ley de Residencia para expulsar a los inmigrantes que quisieran introducir ideas socialistas en la clase obrera argentina. Esta referencia no tendría que sonar desmedida: después de estudiarlos un rato, tenemos la sensación de que los "saberes" de la novela no buscan proporcionar alguna información útil sino que funcionan como vectores de estratificación social. El conocimiento aparece como una determinación acumulable que distingue entre los que "saben" y los que no. Y los que saben son los que leyeron, claro: ante todo, filosofía. Por esa razón, no resulta necesario que el saber sea verdaderamente profundo, o sea, útil en algún sentido; a los efectos de Oloixarac basta con mencionarlo. Todo sucede como si Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Rousseau, Hobbes, Clausewitz, Wittgenstein y Althusser pasaran, saludaran a la plebe y se metieran de nuevo en la hoja de apuntes (2). Por momentos Oloixarac entiende que tratar a los filósofos como se cantan los números de la lotería puede ser insuficiente como prueba de sofisticación, y entonces filosofa sobre: Borges, la cópula, el Aleph y los espejos; Platón, los guerreros homosexuales que son tanto más guerreros cuanto más homosexuales; Hobbes y el terror... Pero claro, no son temas inéditos, sino una doxa desmayada. Oloixarac parece decirnos que es mejor evidenciar un saber cualquiera antes que preguntarse qué hacer con él (por eso las bastardillas enfatizan una palabra de cada cuatro: para generar apariencia de concepto). La mímica argumentativa de su novela está hecha de notas al pie, citas en lengua original, referencias bibliográficas, y no de algún contenido digno de atención. Esto se vuelve particularmente claro en la charla en Eterna Cadencia, donde Oloixarac acometió con un panegírico de la escritura "pura", argumentativamente acérrima, de Spinoza: "¡Eso es escribir historias!", aseguró. Pero si relacionamos esa frase con lo que pasa en Las teorías salvajes queda claro que Oloixarac entiende a la literatura como un recipiente donde emitir teorías que no podrían sostenerse ni un instante en los géneros argumentativos convencionales, y a la filosofía como un barniz para disimular el descascaramiento de su prosa literaria. Por cierto esto no significa que Las teorías salvajes esté "entre" la filosofía y la literatura, sino más bien que pretende estafar a una con la otra. Es, podríamos decir, el triunfo de la parafernalia. Y la parafernalia tiene una lógica implacable. Oloixarac no se priva de escribir su propia ontología; esto le habrá demandado tiempo, seguramente, y es una pena porque nadie se lo devolverá. De cualquier manera, podríamos pensar que sí existió una recompensa: la simulación del pensamiento por parte de Oloixarac tuvo como contrapartida la simulación de la sorpresa por parte de los reseñistas. Es posible (¿por qué no?) que el simulacro haya sido tan bueno como para que los mismos actores se lo creyeran. Pero, aunque hay que respetar las creencias privadas de las personas, nuestros problemas son otros: a nivel cultural, la base del humanismo conservador de Oloixarac es una absoluta tabula rasa de información práctica.

4- Oloixarac y sus precursores
Nada compite en asco con el capitalismo escénico desarrollado por las izquierdas para la comercialización de sus productos. Es una forma de banalidad común a las sociologías triunfantes: el silogismo práctico según el cual la verdad está necesariamente del lado de los perseguidos y de los pobres, sólo porque halaga al ideal democrático en vigencia y otra sarta de eufemismos que no pueden ser puestos en duda. Tener una izquierda triunfante en el ámbito de la cultura tiene consecuencias peores que simplemente malas películas. (Pola Oloixarac, Las teorías salvajes, p. 188).
El pobrismo no es un mecanismo de dominación, es una visión de la sociedad, una filosofía de vida, una versión del mundo. (...) Pobrismo es hacer de la comunidad carenciada una comunidad virtuosa, del hombre caído un personaje siempre más valioso y mejor que el hombre entero y capaz de algo. (...) Pobrismo es, para un político, cortejar a la pobreza como a una novia, siendo incapaz de generar otra estrategia de poder que la de reinar en el vacío. (Alejandro Rozitchner, "Una visión pobrista", http://www.bienvenidosami.com.ar/v2/articulos/2005_Noticias_UnaVisionPobrista.html).
El impulso básico de Las teorías salvajes se podría resumir en la siguiente fórmula: hay que terminar con la hegemonía de la izquierda progresista en el campo cultural. No hay otra manera de entender la ideología del libro. Los reseñistas han marcado el carácter "crítico, revulsivo" de Oloixarac; lo que no dijeron es que todas las críticas que hace van por derecha. La novela incluye una parodia de la pregnancia del marxismo en la universidad; una parodia de la educación sexual en los colegios; una parodia del diario íntimo de una militante maoísta; una parodia de un profesor de izquierda; una parodia de otro profesor de izquierda; una parodia de las mujeres que se anotan en la carrera de Psicología; una parodia del discurso de una psicoanalista lacaniana; una parodia de una docente bonaerense que habla marcando las zetas; una parodia del modo de vestir de los estudiantes de Puán; y otras parodias que omitimos por cansancio. Por supuesto, decir que Oloixarac es una escritora de derecha sería erróneo: no es escritora. La disyuntiva entre escribir legiblemente y emitir una opinión desaforada contra cualquier cosa que parezca izquierdista decanta, por sí sola, en la segunda opción. Si bien es probable que Michel Houellebecq sea un referente para Oloixarac (como lo es, según declaró en Eterna Cadencia, Peter Sloterdijk, un filósofo alemán muy parecido, en cuanto a lo atrevido de su inanidad mental, al escritor francés), por razones de locación Alejandro Rozitchner parece una referencia más apta. Y no solamente porque tanto Oloixarac como Rozitchner usen la filosofía de un modo que no desentonaría con la revista Brando, situándose entre una nota sobre la mejor manera de invertir 30 mil dólares y la última producción fotográfica de Pampita Ardohain. Los párrafos arriba citados muestran que además comparten un nietzscheanismo glotón y arancelado. Pero Oloixarac es más joven o (todavía) más vehemente que su colega; no solamente quiere ser de derecha, además quiere demostrar la superioridad filosófica de la derecha. En esta instancia el libro alcanza un súmum de risibilidad. En la página 87 podemos leer que el sentido de la palabra "revolución" en Copérnico, designando los trayectos fijos de los planetas, tenía un "sentido fuertemente conservador" que "sólo se vio modificado posteriormente con el quilomberismo jacobino francés". Nosotros, lectores modernos que apoyamos el proceso contra Luis XVI, nos preguntamos: ¿y? Es triste, o inevitable, que Oloixarac se distraiga con semejante bagayeo. Pero todo derechista tiene en algún momento que hacer un excurso etimológico para refrenar el avance de la marea roja: Nietzsche buscó en la Genealogía de la moral la etimología de la palabra "bueno" para mostrar que el término original no se predicaba de los pobres y toda la lacra social judeocristiana, sino de los vikingos; Heidegger buscó la etimología del término griego aletheia para probar que Occidente se había cerrado al Ser y había caído entre las tenazas del americanismo y el sovietismo; Mariano Grondona también es famoso por buscar etimologías, y a veces hasta por encontrarlas. Para decirlo de una vez, Pola Oloixarac no es moderna. El recurso a la etimología como piedra de toque de sus críticas a la tradición de izquierda es una prueba clara de que, ante todos los fenómenos de la vida social, Oloixarac mira para atrás. Su desprecio no es una comprensión del mundo sino la secreción imparable de una melancolía agrietada, medieval. Con estas premisas, será claro para el lector que cuando Oloixarac se abone a escribir sobre la lucha de clases en la Argentina de los 70 sólo podrá exhibir una desorientación máxima. La novedad, en este punto, se limita a refritar dos veces la teoría de los dos demonios (cf. el ¡otro! excurso etimológico sobre la palabra "bestia" en la p. 193, y el videojuego Dirty War 1975 en la 213 y ss.)

5- TN o el Zeitgeist
La distancia que Oloixarac impone con el mundo humano, expresada en la sintaxis aterrorizada, en las descripciones con mero afán despectivo, en los muñecos inertes que hace pasar por personajes y en las escenas inverosímiles que monta con la sola voluntad de escupir contra algún lugar común progresista, es precisamente lo que le cierra el acceso a la comprensión del mundo en el que vive. Por eso estamos en condiciones de afirmar que en Las teorías salvajes no hay ideas sobre nuestra época. La entrevista en donde Oloixarac decía que lo que le interesaba era aprehender el Zeitgeist nos había entusiasmado; la novela que vino a testificarlo nos dejó un regusto a decepción. Por duro que sea, hay que asumir que la promesa de entender el presente decae hacia la perezosa ocurrencia de que el mundo de los jóvenes está hecho de drogas sintéticas, fiestas, orgías, blogs y videojuegos violentos... ¿Realmente Oloixarac cree en todo esto? Es una etnografía de noticiero, esquemática, que sólo repite el nivel de credibilidad y espesor de los columnistas de TN, siempre interesados en la sexualidad borrosa de los floggers y en "el descontrol en Villa Gesell". Insignificancias, claro, históricamente causantes del fastidio de generaciones de artistas e intelectuales, pero que no disgustan a Oloixarac. Para abreviar, en lugar de un Zeitgeist novelado encontramos delirio de novedad, populismo informativo y fanatismo derechista: se dirá que son los riesgos de escribir con el televisor prendido, y es posible; no hay muchas maneras de explicar el escandalizado interés por los vendedores ambulantes de la facultad, ni el enfoque de suplemento informático dominical con que la novela se acerca a "temas de actualidad" como internet y los hackers; hasta hay una escena de "inseguridad" con unos ladrones tan falsos que hacen pensar en la necesidad (literaria, claro) de que Oloixarac sea asaltada más seguido. La mentalidad de movilero frívolo que organiza la perceptiva de la novela explica, también, las escenas sexuales. Ya sabemos que Oloixarac busca correr por derecha al progresismo en todas sus líneas: por ende, en Las teorías salvajes está mal vista de educación sexual en los colegios (cf. p. 38), pero bien vista una moral sexual "perversa", que no tiene nada que ver con la de Sade o Lamborghini, pero sí con el destape católico: los personajes no se pierden a sí mismos por la vía de la violencia sexual, sino que, por el contrario, alardean un descarrío tan falto de consecuencias que sólo puede ser la antesala de un lógico matrimonio burgués. Es sabido que al poder eclesiástico no le molesta que sus representantes abusen de algunos niños, pero le fastidia que el Estado le dispute el monopolio discursivo sobre la sexualidad. Las teorías salvajes comparte esta canónica desconfianza.

6- De la autoestima a la autocrítica
Que las reseñas y los comentarios hayan gustado de Las teorías salvajes por su impronta "disidente" y "descarriada" no puede asombrarnos, finalmente, "la literatura debe cuestionar", etc.; pero queda abierta la pregunta acerca de si realmente sobra progresismo en este país, es decir, si verdaderamente hay resto como para que los comentaristas del libro de todo el arco cultural celebren las invectivas de la novela de Oloixarac sin hacer mención a su carácter retardatario. Basta con hojear cualquier diario con llegada para notar que las mínimas posiciones de izquierda son todos los días desmentidas desde los títulos hasta el editorial y el chiste de la contratapa. Dada la carencia de una agenda cultural progresista, lo que encontramos en Las teorías salvajes es consenso periodístico de derecha, más que incorrección intelectual. Claro que un autor ideológicamente conservador podría tener otros méritos (Céline, León Bloy o quien sea): pero creemos haber demostrado que Las teorías salvajes no muestra nada interesante en ninguno de sus niveles. La defensa del texto, por lo tanto, es imposible de hacer, salvo desde la derecha (3). Los comentaristas, apelando a la construcción adjetival "hija descarriada de Puán", han pretendido que Oloixarac de alguna manera compartía con ellos un éter común, el universitario, y entendieron que todas sus críticas eran, por así decir, "internas". En este punto se impone un desagravio general de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA: ciertamente no se la puede responsabilizar de haber engendrado a Las teorías salvajes. La relación de Oloixarac con la academia es narrativa y argumentativamente tan anodina como con el resto de los temas. Hasta aquí, la única evidencia es que Las teorías salvajes no sirve para pensar. Tampoco para escribir: no contiene una sola idea literaria válida (¿parodiar profesores universitarios es el destino de la narrativa?) y su uso de la hipotaxis tiene resultados espectrales. Su desparpajo derechista no nos convoca como lectores, no le da expresión a las cosas que pensamos y encarna, en diversos niveles, el fin de la inteligencia a manos de la pereza, el amague y la vanidad. Es una novela sin amor. Con todo, el censo final sugiere la posibilidad de un acontecimiento estremecedor: una retractación pública por parte de Oloixarac. A sala llena, con brindis festivo y empanadas: ideal para el comienzo del otoño. ¿No sería estimulante?
(3) Por eso resulta raro que Oloixarac haya participado en la Mesa Redonda del Día de la Mujer celebrada el pasado 11 de marzo en el Centro Cultural "Paco Urondo" (sito en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) con una ponencia sobre "La belleza y la guerra en Las teorías salvajes". Raro porque, teniendo en cuenta la manera en que las mujeres aparecen representadas, se diría que la suya es una novela falocéntrica.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Un mural que diga: Rousseau para todes

Mural Panamérica Unida. Diego Rivera

Cuando llega por primera vez a París, Rousseau le escribe a la novia en una carta: "Todas las cosas de esta ciudad embriagan mis sentidos, pero ninguna logra tocar mi corazón." Lo mismo puedo decir de la zona más cara y cosmpolita de Capital, tiene lugares esplendorosos y sin embargo a mi me siguen “conmoviendo” los escombros, los cables, los baldíos, los límites entre barrios, las circunvalaciones, los paredones, los arroyos, los ridículos shoppings como catedrales entre autopistas, las fábricas, los locales de negocios en avenidas desconocidas, las estaciones del Sarmiento. Se sabe, el mobiliario urbano no está hecho con un fin estético, sino que es utilitario y por eso no se lo capta a simple vista pero constituye gran parte del clima, de la atmósfera de los lugares...

Y en ese sentido, con los compañeros hablamos de la importancia de intervenir visualmente los espacios públicos más transitados de Moreno, no solo para embellecerlos también para inventar una retórica visual que hable de nuestra historia e identidad desde una matriz popular. De cara a los cuatro años venideros de gestión local, nos gustaría convocar muralistas, grafiteros, pintores… a la tarea de relatar nuestra historia, la otra historia, en las paredes, el pavimento, el cemento conurbano y también por qué no contribuir a levantar el autoestima del morenense (más de una vez escuchamos que Moreno es feo, es "morenegro", xenófobamente) Sin ir más lejos, en las inmediaciones del centro comercial y administrativo, ante la fealdad y la monotonía del poder de las marquesinas, carteles y gigantografías de las corporaciones por doquier, puede convivir otro paisaje, podemos mostrar la latencia de las contradicciones sociales. Acá  hay artistas por todas partes, sólo hay que visibilizar su trabajo, ir a buscarlos, invitarlos  a participar. De hecho, la última vez que Cristina apareció en la Rosada, en el medio de intercambio de palabras con el artista Daniel Santoro, se hizo referencia al muralismo mexicano de principios de siglo xx como sistema artístico de intervención y comunicación de lo público, de lo comunal; inmediatamente tomé nota mental. Es necesario ampliar la sensibilidad y la imaginación para explotar las posibilidades expresivas de una calle, de una pared, de una esquina, de un túnel. Eso también es gobernar.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Ballotaje, el disco de Menem.

Un concepto: neoliberalismo. Un nombre: Menem. Una divisa: plasmar en todos los niveles los efectos de la aplicación histórica de ese concepto en nuestro país. Eso se propone esta banda punk argentina. ¿Cómo lo logran? Al nivel del contenido semántico de las letras, recrean el discurso del "quemado", del pibe marginal, pero particularmente rabioso y desfachatado, de una vitalidad que asustaría a cualquier macrista. La voz emula histriónicamente a dicho sujeto social, emergente de los '90, a veces a los gritos, a veces tan solo repite palabras inconexas, desprejuiciado, sin el menor intento de alcanzar alguna nota, o también interpela directo al oyente, perdiendo el hilo de la canción en sí, y en algunos casos el cantante balbucea, a tal punto que por momentos no se le entiende nada; emula giros y modismos del habla cotidiana, con una identificación tan buena que no da lugar a la falsa impostación sino a una empatía clara, política, mostrando, con gracia y precisión, las consecuencias de semejante debacle sociocultural. Las melodías, como corresponde al caso, están conformadas por acordes elementales, por debajo inclusive de la media del punk en general. Por momentos suenan guitarras duras y una batería rápida, más cercanas al heavy metal. No falta la ironía, la protesta y el bardo liso y llano. Con este armado estético, la propuesta es, desde el punto de vista ético-político, absolutamente radical, no se salva nadie, no hay lugar para los buenos sentimientos, no intentan representar una voluntad progresista y edificante. Alejandro Rubio diría que hacen realismo moral: cuando un grupo social está hecho mierda, está hecho mierda. 
Hasta ahora sacaron tres discos, el segundo se llama, oh casualidad, Ballotage. Lo pueden escuchar acá.